LA PLUMA SIN TINTA

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16 de enero de 2026

EL CENACHERO FELIZ (relato de Paco Bravo)




         Una crónica literaria por Paco Bravo


Escribo esto a escasos días de finalizar 2025. El que viene no tiene rima, parece. Lo hago desde mi ciudad natal, y hago honor tanto a los cenacheros digitales como a los originales: los pescadores del Bulto y El Palo, Carolina Turbante, los hermanos mártires; y a un andalusí sin ser musulmán, desconocido en nombre pero no en influencia.

Si se levanta la alfombra malagueña encontramos teatros romanos, ciudades fenicias y leyendas con menos de mil años. No me refiero a Picasso. Hablo de una leyenda viva. ¿Pensáis en Banderas? Podría ser interesante indagar sobre su incursión en el Teatro Alameda o su incipiente academia actoral, pero no. Se me viene antes algún transeúnte común, una figura más relacionada —que no parecida— a la de El Lenguas o El Vena. Pero, a diferencia de estos, no es mendigo ni pedigüeño; quizás un nómada malagueño. Si pensáis que me refiero a ese que grita “Pum, pum, pum” y tiene un cementerio para él solo, vais mal encaminados.

Entre quince y veinte años atrás, mi tocayo —el que maqueta este fanzine— y yo, con la Panasonic X100 cargada, una noche de invierno, lo invitamos en El California a tres camperos “California”. En aquella hamburguesería, donde el campero homónimo se presentaba como tres cabezas, nuestro personaje malagueño no escatimó en zamparse semejantes voluminosos bocadillos, cuyo diámetro equivalía a nuestras tres cabezas. Le bastó un litro de Fanta para digerir esas barbaridades.

Decir también, aunque esto tampoco sirva de mucho, que era una noche gélida, de lunes, donde la crisis económica azotaba con paro y calles vacías, no con guiris y franquicias. El centro estaba muerto, pero seguía siendo el centro todavía.

Marchamos a un night club. Cada cinco minutos alguien —principalmente joven— se paraba a saludarle, pedirle un cante, un autógrafo o una rima. Ya di alguna pista. Mientras nos acercábamos al lugar, mi tocayo y yo, como dos entusiastas y desconocidos cineastas, ilusionados con grabar a una celebridad, sonreíamos tímidamente, sin llegar a celebrar fortuna.

Cuando entramos en el tugurio —un bar oscuro, amplio, lleno de gente variopinta, caricaturesca y decadente— el ceño se nos descompuso. Las ganas de irnos eran clamorosas, pero habíamos entrado y era imposible salir, más que nada porque el lugar estaba cerrado por dentro.

Mi tocayo se encargó de las cámaras y yo de los focos. El camarero era un anciano hostil que tardaba media hora en servirte. Alrededor de aquel local rectangular y espacioso había un escenario grande. También encontrabas unas mesas donde un grupo de ancianos jugaba a las cartas. En la barra se encontraba la mayoría del poblacho: la mayoría bajaban de los cuarenta y un par de ellos se tapaban la cara cuando cruzaban cámara.

Pero estoy hablando de los anónimos. Toca ya hablar de la celebridad.

En primer lugar, he de decir que nuestro personaje público mostraba con sus fans un acento gracioso, una actitud cercana, excesivamente cercana. Con nosotros adoptaba un trato afable pero más serio. En cambio, en el bar reflejó un lado impensable en él. Pero, siendo honestos, ¿qué ser humano no alza alguna vez la voz? Él lo hizo, y no sé si Fran grabó. Solo sé que ambos quedamos de piedra.

Igualmente, pese a dejarnos helados, no fue ese lado oscuro lo que más nos petrificó, sino la ignorancia de todos aquellos que pululaban en el bar. Su público —o lo que se suponía que era su gente— no hacía caso alguno a sus actuaciones. Un personaje popular, quizás en Málaga el mayor, cobraba fijación en la calle y en las pantallas, pero en su hogar era ignorado completamente. Nadie guardó silencio, nadie alzó la mirada para mirarlo. Pero, sin duda, lo más violento de todo fue que nadie mandó a callar.

Mi tocayo grababa, yo fumaba detrás de los focos y miraba su actuación.

Creímos que en una hora saldríamos de allí. Lo cierto es que nos dieron las cinco de la madrugada. El cantante se vistió de folclórico, se maquilló y cantó tres coplas, desentonadas y dejándolas a la mitad. En un segundo acto —o más bien segundo intento— se puso un turbante y comenzó a recitar chistes malos y sin gracia. No tuvo ni siquiera la suerte de que se rieran de él mismo.

Intentamos Fran y yo convencerlo para que recitara rimas. No se le daban mal, incluso mejoraba a Chiquito. Por cierto, ya podéis descartar otra celebridad malagueña.

Cuando bajó del telón se sentó en una mesa solo. Se escondió entre su gente. No pidió ni un vaso de agua. Simultáneamente, como si lo tuvieran preparado, los viejos terminaron su jugada —o eso parecía— y el oscuro camarero gritó con entusiasmo:

—¡La gramola! ¡La gramola!

La mitad acudió desesperada a elegir canción. La otra mitad a invadir al cámara. Comenzó a sonar una canción de Raffaella Carrá —creo que esa de venir al sur. Los viejos bailaban en el escenario; los jóvenes se acercaban a cámara tanto que dejaban la grabación en negro. Paradójicamente, el que más se acercaba era el que se tapaba la cara.

La situación era estrambótica y los personajes públicos en aquel lugar éramos nosotros.

Obviamente, el final no fue agradable. Fuimos a grabar un concierto y el resultado no fue el esperado. Tampoco fue malo; total, salimos vivos. Lo inédito fue que ese día no se mostró feliz.

De nuestra celebridad no sé si Fran, pero yo no lo volví a ver más. Ni en persona ni en los medios. Si fuera Picasso o Chiquito sabría que no está vivo; si fuera Banderas sabría que ha vuelto a Málaga.

No es cantante, tampoco cómico, pero poco le faltaba para serlo. No es actor ni tampoco actúa, pero siempre aparece en primer plano. No es pedigüeño, pero no le falta un cartón. No es vagabundo, aunque trotamundos diría que el que más.

No es Salvador Rueda, pero si ve a mi tocayo le manda a comer tortillas y si es a mí, un kilo de nabo.

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