LA PLUMA SIN TINTA

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5 de agosto de 2025

UNA JUVENTUD PERDIDA (Relato, Francisco Romero)



UNA JUVENTUD PERDIDA

(Basado en hechos reales)
Crónica de Francisco Romero Romero

 

Corrían mediados de los años setenta cuando aquel hecho, de pronto, ocurrió. Un suceso que, si bien al principio me marcó profundamente, con el tiempo fue desdibujándose en la memoria, como se diluye un azucarillo en el fondo de un vaso de café. Dicen que el tiempo lo cura todo. Quizá tengan razón. O quizá lo único que hace es envolverlo todo en una niebla espesa que nos impide mirar demasiado de cerca.

Tenía yo apenas catorce años, si no me falla la memoria. Para un chaval de entonces, algo ingenuo, al que le gustaba escuchar a Camilo Sesto en su Jesucristo Superstar o a Jarcha con su “Libertad sin ira, fue una experiencia traumática, de esas que no se olvidan jamás, aunque uno lo intente.

Y ahora, el lector se preguntará: ¿Qué ocurrió? Lo iré desgranando con el cuidado que permite un recuerdo cincuenta años después, ordenando las piezas con la torpeza inevitable del tiempo.

Es curioso, si ahora le preguntase al lector qué conserva en la memoria de sus catorce años, seguramente evocaría los primeros amores, los descubrimientos de las emociones nuevas que entonces parecían eternas. Pero conviene hacer una precisión, los catorce años de ahora no son los de antes.

No existía internet, ni móviles, ni televisión por satélite. No nos encerrábamos en los dormitorios, porque ni siquiera teníamos televisión en nuestro cuarto. Salíamos a la calle, buscábamos a los amigos por intuición y costumbre visitando los lugares donde normalmente íbamos, y si no nos encontrábamos, simplemente no nos veíamos. Era así.

En el setenta y cinco, setenta y seis, ya había aparecido la droga. Y con ella, la tragedia. La heroína, no la heroína valiente de los cuentos, sino la otra, la que llega en silencio y no se va jamás se coló en nuestras vidas. La llamaban "caballo", y a muchos los abrazó con una fuerza traicionera que nunca los soltó. Se llevó a varios de mis amigos. Sin ruido, sin gloria.

Éramos tres inseparables, apenas unos meses de diferencia de edad entre nosotros. No mencionaré sus nombres por el respeto y anonimato que se le debe y por si alguno, quién sabe, pudiera reconocerse en este relato. Los llamaré JCA y FCR. El tercero soy yo.

Conocí a JCA unos años antes, cuando sus padres llegaron desde el Marruecos español. Tuvieron que emigrar tras la muerte del dictador, cuando todo en aquella tierra parecía volverse incierto para los españoles.

Lo conocí en el colegio público del pueblo, uno de los dos que había y desde entonces fuimos inseparables. Él también fue parte de lo que estoy a punto de contar. De hecho, cuando nos vemos, todavía recordamos aquello con una mezcla de incredulidad y melancolía. Porque hay recuerdos que duelen, incluso cuando se cuentan con una sonrisa.

FCR, nació en Persia, así se llamaba antes la República Islámica de Irán, llegado con sus padres y una hermana huyendo del futuro que ya se vislumbraba en su país. Se establecieron en Fuengirola, donde fundaron una pequeña comunidad religiosa, la Fe Bahá'í.

Nosotros, chavales de barrio, no entendíamos nada de confesiones religiosas ni de revelaciones. El padre de FCR nos hablaba de un solo Dios, de la unidad de la humanidad, de los profetas.

“La tierra es un solo país y la humanidad sus habitantes”, solía decir.

Le escuchábamos por educación, más que por interés. Y con la menor excusa, escapábamos al bullicio de la calle.

Pudieron haberse instalado en cualquier otro lugar, pero el destino quiso que nos encontráramos y durante aquellos años, fuimos verdaderamente amigos. De JCA conservo todavía el lazo, aunque más espaciado. De FCR no sé nada. Ni siquiera si vive.

Y hay una cuarta figura en esta historia, JU.

Siempre pensamos que fue él quien desató todo lo que ocurrió. No era del todo parte de nuestro círculo, pero se unía a veces. Su vínculo era FCR, o mejor dicho, las familias de ambos.

Y ahora, al fin, el relato.

Era agosto de 1974. Calor seco. Media mañana de un lunes cualquiera. Yo estaba solo en el local comercial que regentaba mi padre. Serían sobre las once y media de la mañana cuando entró un hombre. Alto, serio.

¿Es usted Francisco R?

Me sorprendió aquel "usted", tan impropio para un chaval de catorce años.

Sí, respondí.

Soy inspector de policía.

Evidentemente del nombre no me acuerdo pero sí hoy lo volviera a ver lo reconocería de forma inmediata, moreno, pelo rizado con gafas metálicas doradas y bigote con perilla. Lo estoy viendo cincuenta años después.

Confieso que sentí un vuelco en el estómago. ¿Qué querría la policía de mí?

Me hizo varias preguntas, con un tono correcto pero firme:

¿Dónde estuvo usted la noche del domingo al lunes?

¿Con quién estuvo?

¿Conoce usted a FCR?

Le contesté que había ido al cine con JCA, lo cual era verdad porque íbamos todos los domingos y luego me fui a casa.

Los domingos por la noche solían emitir una serie que me gustaba mucho, Curro Jiménez.

Le aseguré que JCA también regresó a su casa. Y sí, sí conocía a FCR, pero hacía semanas que no lo veía.

La policía sabía de la amistad entre JCA, FCR y yo, o al menos de nuestra cercanía. El inspector me pidió que acudiera a comisaría con mi padre ya que yo era menor de edad. Todo el tiempo fue correcto, lo reconozco, aunque el susto no me lo quitó nadie.

Le pregunté qué ocurría. Por qué me preguntaban por FCR. Y la respuesta me dejó sin palabras. Bloqueado.

Esta noche, en el olivar de la calle…detrás de la oficina de Unicaja ha habido un asesinato. FCR está detenido. Había dicho que JCA y yo éramos amigos suyos lo que evidentemente era cierto.

El inspector, aparentemente satisfecho con mis respuestas, se despidió. Lo hizo con la misma corrección con la que había llegado, pero no sin insistir una vez más en que debía presentarme con mi padre en la Comisaría de Policía.

Tan pronto abandonó el local, llamé a mi padre para contarle lo que había ocurrido. También llamé a JCA quien me dijo que igualmente habían estado hablando con él y le dieron el mismo consejo, que acudiera con su padre a Comisaría.

No pasó ni media hora. A mediodía ya estábamos allí los cuatro: dos adolescentes y sus padres, atravesando el umbral de la comisaría con el corazón en un puño y un montón de incógnitas apretando la garganta. Lo cierto es que, para entonces, FCR ya había aclarado que, aunque nos conocía, ni JCA ni yo teníamos nada que ver con los hechos.

Pero la gran pregunta persistía, enorme, pesada como una piedra.

Es aquí cuando entra en escena JU.

Como conté antes, JU no era exactamente nuestro amigo, pero flotaba alrededor de nuestro grupo por la relación que mantenían las familias. Lo que no podíamos imaginar es que ese vínculo escondía una ponzoña silenciosa. JU, según supimos después, iba llevando chismes, insinuaciones, comentarios velados al padre de FCR por su comportamiento..

Gotita a gota, día tras día. La severidad del padre, férrea, inflexible, innegociable, convirtió aquella convivencia en un imposible.

La rectitud del padre de FCR, sí, y digo bien, exclusivamente del padre, porque a decir verdad, de las veces que estuve en su casa se veía claramente que quien tomaba las decisiones, por decirlo de alguna manera, era el padre, haciendo que entre FCR y su padre aumentase una tensión que terminó por que FCR un día, sencillamente, se fue.

JCA y yo sabíamos lo que había pasado. Nos lo había contado él, entre frases entrecortadas y gestos de impotencia. Pero lo sorprendente fue lo que ocurrió después.

Como si nada hubiera sucedido, quedamos un día los tres, como tantas veces en el pasado.

La cita era la misma, pero FCR… no.

Vestía con ropa cara, hablaba con desparpajo y empezó a presumir de dinero. Nos invitaba con generosidad inesperada.

Nosotros, asombrados, no sabíamos qué pensar. Lo conocíamos demasiado bien como para creernos aquel nuevo personaje, pero no preguntamos. Quizás por lealtad. Quizás por miedo a escuchar una respuesta incómoda.

Más tarde, cuando todo estalló, FCR explicó a la policía lo que había vivido tras abandonar su casa. Contó que, empujado por los chismes, esa forma insidiosa de violencia que destruye desde dentro, se refugió en un hombre que solía pedir limosna en la puerta de la iglesia a las salidas de misa. Un mendigo. Se fue a vivir con él.

No diré más. Prefiero dejar a la imaginación del lector lo que pasó en aquella convivencia improbable entre un adolescente herido y un marginado con rostro curtido por el tiempo. Yo, al menos, nunca me atreví a preguntarle nada cuando lo volví a ver años después, ya libre, tras cumplir condena primero en un correccional de menores y luego en prisión.

Lo único que supe, porque él mismo me lo confesó, fue cómo ocurrió todo.

FCR se dio cuenta, con el tiempo, de que aquel mendigo no era tan pobre como parecía.

Manejaba cantidades de dinero que no se correspondían con su aspecto.

Una noche, junto a otra persona, decidieron asaltarlo. Lo esperaron en el olivar que hay detrás de Unicaja. Y fue allí donde todo se torció.

De las andanzas de su compañero de fatigas hablaré en otro relato ya que según él me contó protagonizó motines de los que a finales de los setenta se producían antes en las prisiones. Hoy ya no se producen,

Según me dijo, las cosas se salieron de control. Las intenciones eran otras, pero el mendigo acabó muerto.

La mala suerte de FCR o tal vez su destino fue que aquel hombre guardaba una fotografía suya. Una simple imagen. Pero suficiente.

La policía tiró del hilo, y el resto… ya lo conocen.

Hace poco, con ayuda de las redes sociales hice algunas gestiones para ver si podía contactar con él, de saber cómo le va pero parece que la tierra se lo ha tragado ¿Quién sabe?

Quizás sea verdad pero he de confesar que después de tantos años sin saber de él sí quisiera saber si llegó a rehacer su vida, si tiene familia, hijos o si acaso murió.

25 de julio de 2025

HEREJE (Relato, Belén Conde Durán)


Galileo en el tribunal (Joseph-Nicolas Robert-Fleury)

HEREJE
Un microrrelato de Belén Conde Durán

12 de abril de 1633

Me dicen que me siente, y que me calle. Que silencie una verdad que me quema en los labios, y que amenaza con desbordarse en mi pecho. No soporto la injusticia, ni tampoco la soberbia humana. Podrán arrojarme a las llamas como hicieron con Giordano, pero la verdad se abrirá camino, igual que lo hace un río cargado de agua.

El cardenal Belarmino me acusa de hereje. Según él, en nombre del antiguo Papa. Con Urbano VIII esto no habría ocurrido. Se niegan a aceptar la realidad; ¿de qué tienen miedo? ¿Acaso creen que Dios perderá magnificencia si admiten la certeza, o quizás los que queden malheridos sean sus egos?

Aunque les pese, lo que dijo Kepler es cierto, palabra por palabra: las mismas leyes rigen en todo el Universo. Lo que dijo Copérnico también, aunque inexacto. Piden pruebas, y yo se las ofrecí. Se negaron a leer mis Diálogos, y los jesuitas rechazaron utilizar mi anteojo de nueve aumentos, aunque les mostrase las lunas de Júpiter y las fases de Venus. Ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

22 de junio de 1633

Me dicen que no sea necio. Que salve la vida, para seguir demostrando que están equivocados. Quizás ahora no lo aprecien, pero llegarán otros que sí, y es mi deber dejar constancia. Tengo 70 años y voy a ir a la cárcel de todas formas. Me hierve la sangre ante la idea de retractarme de mis palabras. No por orgullo, sino por aquellos que estaban empezando a creer. No somos el centro del Universo, mal que le pese al hombre. Dios no tiene nada que ver con esto. Dios, de hecho, permanece en silencio, permitiendo que sigamos adelante con este sinsentido. Todo son invenciones humanas…

«Yo, Galileo Galilei, acepto no volver a defender ni enseñar de ninguna manera, ni oralmente ni por escrito, lo que pregoné con falsas creencias, las cuales sostenían que el Sol está en el centro del Universo, inamovible, y que la Tierra no está en el centro, y se encuentra en movimiento. Juro que en el futuro ni diré ni afirmaré cosas tales que puedan atraer sobre mí sospechas semejantes, y denunciaré a cualquier hereje o sospechoso de serlo.»

Ya está hecho. Mi cuerpo, salvado. Mi conciencia, desgarrada.

Pero no podrán detener la llegada del amanecer, porque, a pesar de todo, se mueve…


EL MAR (Relato, Jose Gutiérrez Soler)

Orilla del mar esmeralda (Albert Bierstadt)


EL MAR
Un relato de Jose Gutiérrez Soler


El mar, ese cúmulo de sensaciones antediluvianas, ese cortejo entre vida y muerte, esa vasta inmensidad que provoca locura y asombro por igual. El mar, la mar, mar. Indescriptible lo que cada uno siente más que para sí mismo, puzzle sin fin de lágrimas y risas ahogadas por la sal.

Desde los tiempos donde no había lenguaje hasta el fin de nuestra estirpe, el mar ha sido, y será una incógnita perenne e inamovible, una fuerza que nos arrastra a temeridades inscritas en nuestro ser, un espíritu indomable que nos pone en nuestro sitio, nos hace ser humildes y precavidos, pues los que no escuchan la advertencia de espuma y sal, sin remedio dejan de preocuparse por cuestiones mundanas y terrenales.

Incompletas son las explicaciones filosóficas y románticas las de la poesía, para cada cual, es una bestia o un amante insaciable, ya que aunque nos da mucho más de lo que exige, su precio es definitivo y vacía es la negociación, cuando el mar quiere algo, lo consigue.

Como en nuestras pesadillas, en él viven criaturas de otros planetas del conocimiento, seres más allá de la comprensión o aceptación humanas, con propósitos más cercanos a las reglas del universo que a nuestra torpe y primitiva concepción de la vida. Sus misterios serán ocultos por siempre, no somos dignos de vislumbrar su completo poder de concepción. El mar es un dios primigenio y atemporal, pues estaba aquí antes de nuestro tiempo y estará al acabar nuestro último grano de arena de ese reloj que no paramos de intentar romper.

Por ello yo te lloro, pues veo lo que los míos te hacen día a día, con nuestras vidas consumidas en un suspiro, te condenamos por milenios. Así cederemos sin remedio a tu voluntad y a tu inminente castigo de hambre y dolor.

27 de junio de 2025

EL PÁJARO DE JUGUETE QUE VOLABA (Hechos reales, Fran Kapilla)



EL PÁJARO DE JUGUETE QUE VOLABA
Basado en hechos reales. Fran Kapilla


Con diez años, estuve viviendo en París un tiempo, la paradigmática ciudad, la ciudad de la luz, la ciudad donde los problemas callejeros y la belleza se dan la mano. Mi padre, que se había criado en Francia, nos llevó un tiempo intermitente allí, yendo y viniendo según temporada, según había colegio o vacaciones y según él tenía más o menos trabajo. Fue en el plazo que duró su trabajo. Esos años influyeron en mí de manera decisiva. Mi estancia allí, en aquel tiempo, fue entre 1990 a 1993, como dije, intermitentemente, aunque después he regresado otras veces, de vacaciones y para filmar un largometraje independiente que hice entre Málaga y París, en fin, otros recuerdos preciosos en la capital francesa. 

Pues, como comentaba, hace poco me vino al recuerdo una anécdota, un regalo que me hizo mi padre que tuvo un final curioso. Un juguete que me compró un día normal, en un paseo cualquiera, a un vendedor ambulante. No era un juguete caro, ni previsto para ninguna fecha especial, pero fue un juguete que nos hacía gracia usarlo cuando íbamos de paseo. Era un pájaro de plástico capaz de volar. Era de plástico blanco y las alas tenían varias líneas de colores. En la cola, había una pequeña manivela por donde se le daba cuerda interna. Cuando llegaba al máximo, al soltar la manivela, el pájaro batía las alas con mucha rapidez y si lo soltabas, salía volando hacia adelante.

Creo que este juguete se puso de moda en Francia en los años 80 porque años más tarde, los vi en una película de esa fecha, ambientada en París. Supongo que en algún momento dejaron de venderse, o bien por pasotismo de la gente o bien porque provocaron algunas molestias entre transeúntes o vehículos, ya que el pájaro salía volando y no había manera de controlarlo.

Tenía un pico pequeño de goma, pero mi padre le pegó un trozo de goma más grande, que servía mejor de paragolpes, así que pico del pájaro que era pequeñito, pasó a ser largo, parecía el pico de "Curro" la mascota de la expo 92. 

Un día, mi padre y yo echamos a volar el juguete desde nuestro balcón, que aunque era un segundo piso, era muy alto, de casa antigua, así que podría ser como un tercer piso de las casas  de ahora. Hoy día es impensable hacer eso, pero en aquella época, a la gente no le importaba tanto e incluso en una mega ciudad de más de dos millones de habitantes ya en esa época, cuando un transeúnte veía caer el pájaro, era capaz de devolvérnoslo.

Como decía, desde esa altura, el pájaro salía volando hasta el final de calle. Batía sus alas violentamente haciendo un ruido que asustaba a los pájaros y palomas auténticos que estaban por la zona. Cuando llegaba hasta el final, se estrellaba contra alguna pared y había que ir a recogerlo. Muchas veces, alguna persona desconocida lo cogía y amablemente nos lo devolvía. Estuvimos jugando un rato, unas veces lo tiraba él y yo lo esperaba al final de la calle, otras veces lo tiraba yo y mi padre lo recogía y otras veces lo tirábamos juntos. 

El caso, es que aquel verano (creo que fue el del año 90) jugamos mucho con el pájaro. Lo echábamos a volar en casa, en nuestra calle que estaba en el barrio Batignolles en el distrito 17. Aunque parezca mentira, en los años 90, las calles de París eran más o menos como las de Málaga, se podía aún jugar en las calles. Hoy es imposible en ambas ciudades.

También jugábamos con el pájaro en el parque de Luxemburgo, al que nos encantaba ir por la tardes, los fines de semana. A veces, nos arriesgábamos a echar a volar el pájaro desde una punta a otra de la conocida fuente Médici de aquel mismo parque. Esa fuente es una especie de estanque canal, con adornos barrocos esculpidos y esculturas. El peligro que tenía aquella fuente es que si el pájaro caía en el canal de agua, era prácticamente imposible recuperarlo. Pero aún así nos arriesgábamos, lo lanzábamos con fuerza y el pájaro llegaba al otro lado aleteando.


Al cabo de unas semanas, volvimos al parque de Luxemburgo, y volvimos a jugar lanzando el pájaro por encima de setos, entre las ramas de los árboles, por encima de las sillas de auditorio vacío, y también sobre la fuente de los Médicis. Lancé el juguete con fuerza desde la barandilla de piedra de la fuente y el pájaro voló sobre el estanque de agua pero casualmente, el viento lo desvió hacia un lado violentamente y el pájaro se estrelló contra la fachada donde están las estatuas, quedando justo detrás de la cabeza de la escultura de una mujer con vestimenta griega. El pájaro había quedado atrapado, boca abajo, entre la pared y la nuca de la escultura. Parecía que de la cabeza de la mujer le salía un ala y de un hombro le salía otra; ahora que lo pienso, era gracioso, pero en aquel momento me dio pena que el juguete se quedase allí.

Mi padre intentó tirarle piedrecillas, para ver si caía hacia algún lado, pero no había forma. Tampoco era posible llegar con la mano, ni subirse a la barandilla. Creo que incluso con una escalera normal no se hubiese llegado, habría hecho falta una escalera enorme, como las de los servicios del ayuntamiento. Mi padre me recomendó que esperásemos a un día de lluvia o viento, que quizá eso empujaría el pájaro hasta el suelo.

El pájaro estuvo allí un montón de tiempo, años. Nadie lo cogía, ni un guarda forestal o del servicio de limpieza municipal, ni ninguna otra persona. De hecho, estuvo tanto tiempo el pájaro allí escondido tras la cabeza de la estatua, que a veces he buscado en internet por si existen fotos de algún turista, pero no he encontrado, ¿quizá nadie se dio cuenta?

Estuve viendo el pájaro unos meses, cada vez que pasaba por la zona, y pese a la lluvia o los días de tormenta, nada lo sacaba de allí. Mi padre dijo que me compraría otro, pero la moda pasó rápido y ya no se encontraba ese artilugio por ningún lado. Tampoco me preocupó mucho, porque siendo sincero, me olvidé del pájaro al poco tiempo. Había otros juguetes físicos o informáticos, como los videojuegos, otros estímulos de la época.

El pájaro no pude recuperarlo nunca. Su pérdida no supuso demasiado, aunque ahora lo recuerdo con nostalgia, sobre todo por la época y por los ratos con mi padre. Pasó el tiempo y poco después nos marchamos a España. 


Fue recientemente, hace pocos años, que me vino a la memoria esta anécdota, cuando vi aquella película francesa antigua donde salían esos juguetes volando en el centro de París, a manos de un vendedor ambulante; era una comedia con Miou Miou y Gerard Lavin de 1981; o sea, que los dichosos pájaros de juguete ya existían desde mucho antes.

Y ahora que ha pasado el tiempo, mientras escribo este recuerdo... reflexiono: ¿seguirá nuestro pájaro detrás de la cabeza de la escultura en la fuente Médicis? La lógica me dice que no (porque además he visto fotos actuales de esa zona y no veo indicios del juguete), pero pese a que la lógica y la razón de adulto me dice que ese trozo de plástico ya no estará allí, que lo habrían tirado a la basura en algún momento, lo que queda de niño en mi interior, las neuronas de la nostalgia por el pasado, me susurran: "oye Fran, que quizá sigue allí". Si un día regreso y veo que no está, pensaré que una corriente de viento muy fuerte consiguió sacarlo de donde estaba y lo elevó por los aires de París en un último vuelo.



Nota:
Este escrito no es un relato imaginado, está basado en hechos reales. Fran Kapilla.


MIRAR HACIA ADELANTE (Relato, Paco Bravo)



MIRAR HACIA ADELANTE
Un relato por Paco Bravo


Estoy dando un paseo por la avenida principal del barrio. Llevo a mi nieto de la mano y le achucho para que aligere el paso. Cuando miro hacia abajo observo la destreza con la que camina, mientras mira embobado la pantalla del teléfono. Entonces echo una vista atrás y me voy a mi pueblo. Me veo a mí de niño, también embobado, observando a mi padre amasar harina mala en una casa abandonada. Aquella imagen era pura fascinación, parecía un mago en vez de panadero. No podía dejar de mirarlo y cuando se cercioraba de ello me regañaba a gritos, poniéndome a parir, pues mi labor consistía en mirar hacia fuera por si venía la guardia civil. El pan que elaboraba era negro, malo y de estraperlo.

 Continúo el camino y pasamos por la plaza principal. Entonces miro hacia arriba y  la vista se me va a la terraza del segundo piso de la esquina. En esos bloques verdes vivía mi mejor amigo, Manuel. Él, al igual que yo, aterrizó en Torremolinos a finales de los sesenta, pues en nuestros pueblos estábamos de sobra, como el pan duro que no se gasta por la tarde y acaba en boca de los gorriones. Mientras contengo las lágrimas, miro al cielo y le agradezco su ayuda cuando repartía mi pan a precios de ganga. Manuel empezaba con una furgoneta vieja y yo en una panadería muy retirada. Entonces mi obrador era pequeño pero agradecido, pues me permitía trabajar sin ser perseguido y elaborar pan blanco. También agradezco que me viera como aliado y no como uno de fuera que viene a robar el pan de los vecinos; pues él y yo eramos de crear, no de quitar. Miro arriba del todo y agradezco a Dios que el día que se marchó lo pasara con sus amigos jugando al dominó y no en el hospital. 

 En el camino miro hacia los lados y me doy cuenta que la ciudad creció como lo hicimos nosotros. Aquí los edificios crecieron como árboles gigantes y venían guiris de todas partes con la idea de divertirse. Curiosamente a ellos le gustaba el pan negro y lo comían de madrugada cuando estaban de borrachera. Por eso tuve que volver al pan de pobres y preparar bocadillos muy raros.

 Admito que no era el pan más sabroso ni el más agradecido para elaborar, pero fue sin duda el pan de mi vida: el que me dio para ampliar el negocio y poder regalar una vivienda a cada uno de mis hijos. Por eso me dediqué a él día y noche, sin días de descanso, mirando hacia adelante, pues nunca sabía cuando podía faltar. Y tanto miré hacia adelante que igual me pasé y no vi crecer a mis hijos. Mi padre sabía lo que me gustaba, yo se lo que le gusta a mis nietos. En cambio mis hijos dicen que no se nada de ellos y no puedo quitarles la razón. 

Hace poco se fue Manuel y no creo que a mí me quede mucho. La vida es caprichosa como el pan. A veces falta el negro, otras sobra el blanco. Puedes mirar hacia todos lados y nunca sabes dónde vas a encontrar un obrador ni el pan que va a ser demandado. Yo no sé cuánto me queda aquí. Solo sé que seguiré mirando hacia adelante, como hice siempre, pero esta vez sin dejar nada atrás, por eso camino con mi nieto a mi lado y bien agarrado de la mano.

PELOTAS AL CIELO (Relato, Paco Bravo)



PELOTAS AL CIELO
Un relato de Paco Bravo


Otro más que había muerto en la Loma, Pedro. Un baluarte del club. Desde los setenta como jugador, desde los ochenta como entrenador y en los noventa vicepresidente. Una camiseta blanquiazul, con su marco plateado y el número  cinco. Marcola, su apellido. Abogado del innegociable Cuatro Cuatro Dos. 

-Juan, tú no tienes el pie de tu padre. Juegas en defensa y entra antes que el delantero reciba, si no estás muerto.- me dijo Pedro en 1984, cuando tenía yo dieciocho. 

 Cuando él era técnico nos mantuvimos varios años. Jamás subíamos pero tampoco bajábamos, de categoría. Para los equipos de ciudad como Antequera, Campillos o Alora, nuestro campo, el Gerard Brenan, era un infierno de albero donde con contacto y juego aéreo, como mínimo perdían. Nuestro campo era nuestra casa, aunque no tuviera gradas pero sí barandas. Toda la aldea se arrimaba a las barandas oxidadas que el mismo Pedro o yo pintábamos de blanquiazul. 

La aldea entera alentaba a pie de campo, y los gritos se escuchaban a kilómetros. No faltaba una madre, mujer o hijo cada domingo por la mañana. Y a espaldas de la portería visitante una alfombra de matorrales silvestres y punzantes que obligaban al portero rival tener que gastar dos minutos incómodos en coger el balón. Los utileros se hacían los tontos. El Edu, que era adolescente con tintes criminales, soltaba al terreno de juego un perro para perder tiempo. El Gerard Brenan, por otro lado, era el único campo de futbol por el que pasaba la vía del tren. De noche era iluminado por esos incandescentes y lumínicos focos, pero solo a mitad del campo. 

No había otra opción para los lomeños: fuéramos mejores o peores, teníamos que jugar, sí o sí, con ese escudo compuesto por un avión y cuatro franjas azules. Mientras en otras barriadas ya jugaban en canchas con césped artificial, nosotros aún manteníamos nuestro imperioso albero; y mientras el ayuntamiento nos expulsaba con su ausencia, siendo el único club de la ciudad que no tenía césped; nosotros ganábamos partidos diblando a los contrarios, que se agarrotaban en los hoyos de nuestra particular plaza de toros; y sobretodo, abusando del juego aéreo. 

  Una cancha desproporcionada, rectangular y con holgura en la zona izquierda. Pero era nuestra casa. Todos conocíamos el campo de guerra, y yo, teniendo grandes habilidades para el cuerpeo pero ninguna con el balón, sabía golpear pelotazos milímetros que caían a nuestro delantero Pato, torpe y destartalado, pero de cabeza las enganchaba todas. También en nuestra casa contábamos con la hora en que el avión de Madrid volaba por encima, minutos en los que siempre se desconcentraba el rival.

- Pega un balonazo y cuando pierdas de vista el balón da dos pasos y controla de pecho- me dijo mi padre en 1973. 

 Lo intenté varias veces pero no pude. Tampoco aprendí bien a dar golpeos de falta pese a que él me ayudó. Mi padre esperaba que el avión pasara para pegar un balonazo al cielo y que pudiera suspenderse en el aire casi un minuto. Era una única forma de controlar un balón que bajaba del cielo sin poder verlo ni escucharlo.

 Jugó en el Málaga y después de una lesión grave volvió al club, donde siempre estuvo vinculado. Cuando el Pájaro, Román, Pepillo o los Morales no querían hacerse cargo del juvenil o regional (el equipo de adultos) ahí andaba siempre mi padre como interino. Yo, siendo jugador, le ayudaba a plantear partidos, pero en la cantina del campo siempre andaban los vecinos opinando. Entre whiskeys y dominós todos eran técnicos. De nada servía que mi viejo hubiera jugado contra Cruyff, Breitner o Del Bosque. La táctica colectiva era norma categórica en la cantina. Pues todos habían colaborado en el club: El Pájaro había construido los baños, Pedro había armado la cantina con sus constructores. Pepillo, que poseía la gran parte de los terrenos de la Loma, ponía la mayor pasta y, Román, que tenía la empresa de hormigones, renovaba todos los años el albero, una tierra que cada vez era más cara, a la par que obsoleta. 

 En los noventa me hice al tanto de la presidencia. Román había muerto, pues era complicado durar tanto bebiendo coñac por la mañana, cerveza al medio día y a la noche whiskey. Pepillo había caído enfermo y sus hijos no llevaron bien sus asuntos ganaderos. Sus terrenos fueron intervenidos por el Banco Malo, lo que incitó que una plaga de Okupas se apropiara de los terrenos. 

 En la Loma ya quedábamos menos. Cuando era niño jugaba en la carretera porque el campo siempre estaba ocupado. De hora en hora parábamos el juego porque pasaba algún coche. Ahora, en cambio, faltan personas y balones.

Soy el peor presidente del club: no consigo más que mantener un equipo alevín y otro infantil. Y todo ello porque los clubes cercanos renuncian a estas categorías. 

 Los pocos vecinos de la Loma se fueron a otros lugares. Sobre la Loma cada vez pasan más aviones. Creo que acabaremos sordos o radioactivos como Chernobyl. Desde que en el aeropuerto hicieron esa maldita segunda pista, los rentacares y parkings han invadido la aldea; y nuestros vecinos ahora son una plaga de coches. 


Y allí, velando a Pedro, con las gentes que aún siguen o que ya se fueron,  andabámos en nuestro nuevo lugar de encuentro: el bar de Parcemasa. Total, al menos te refugias de la lluvia, pero nada que ver con la cantina de nuestro Gerard Brenan. Era Enero de 2015, y nuestro último vaquero había muerto. Con él se iba la historia de nuestro Atlético. Mi padre, el Pájaro y los Morales tambien habían muerto.  Era yo el único que quedaba y la gente quería que mantuviese vivo el club. Las reliquias suelen aumentar valor con el tiempo, el problema es mantenerlas cuando su coste es inviable. La cantina anda abandonada, y los matorrales invaden la mitad del campo.

Todo el mundo me buscaba, pareciera que fuera a mí a quien le dieran el pésame y no a la mujer de Pedro. Sabían que muriendo Pedro el club también perecería, pero la casa de la Loma se había convertido en el típico cortijo lindo, lleno de recuerdos pero que el resto del año yacía en olvido. 

- Ahora que Málaga ha instalado su ciudad deportiva puede tener más posibilidades de mantenerse- afirmaba la viuda de uno de los Morales. 

Interrumpió uno de los hijos de Pepillo.

- Recuerdas cuando remontamos al Antequera? Todo el mundo allí en casa, ningún lomeño faltó.

 Y entre tanto tumulto apareció casi en silla de ruedas Ben Barek, una leyenda marroquí del Málaga que fue compañero de mi padre. Se acercó a la barra. Yo estaba bebiendo, en honor a todos los lomeños. El Wiskey y el juego aéreo había mantenido nuestro humilde club de todo el acoso municipal. Ben Barek siempre me cayó bien. Siempre fue un tipo humilde, de gran sabiduría futbolística, y, desde que dejó el fútbol profesional siguió de cerca el fútbol local. Conocía bien nuestra historia, como la de todos los clubs de barriadas de Málaga. Pero desde que le dieron ese premio de honor el Málaga CF, que durante tantos años le escupió, su mirada era diferente. Se dirigió a mí.

 - Juan, te acuerdas de mí? Te acuerdas cuando te sentabas al lado mía en los campos?

- Sí, y hablábamos de los jugadores que destacaban en los clubs de barrio. Muy pocos llegaron a primera, pero unos pocos sí que llegaron a segunda.

- Cierto. Precisamente del fútbol base quería hablarte. 

-Dime-muy serio, no me gustó su tono cínico.

- El Málaga CF tiene una oferta para ti. Necesita un campo para explotar los centros de alto rendimiento. Ya sabes, un nuevo modelo que se usa ahora para mejorar a los jugadores. 

- No me interesa, Ben, gracias.

-Dejame que termine, Juan. Tendrás por fin el campo de césped que tanto habéis soñado los lomeños.

No quise golpearle: uno porque tenía la edad de mi padre, dos porque fue compañero de él y tres porque se que pasó penurias económicas y ahora el club le estaba dando cierta estabilidad. Igualmente, el sabía que mientras yo estuviera vivo el club sería la casa de la Loma. 

- Ben, te lo diré con el máximo respeto. Y sólo porque fuiste compañero de mi padre. Sabes lo que es el Gerard Brenan, verdad?

- Sabes que ya no es nada, y solo quedan recuerdos del club que fue. 

- Sigue siendo nuestro club. Nuestra casa. Busca otro campo donde estafar, aquí se juega al fútbol. 

- Tu padre no estaría...

- Eh, eh -interrumpí- Mi padre no está aquí para defenderse. Él no va mendigando migajas a un club que se dedica a robar.


Ben se fue. No esperaba que ese niño que conoció le hablara así. A decir verdad, yo tampoco me sentí cómodo siendo tajante con una leyenda del fútbol. Pero Gerard Brenan construyó este campo hace casi cien años para que los niños de la Loma tuvieran donde jugar. Él venía cuando el aeropuerto solo gestionaba vuelos privados, en plena guerra. Mientras volaban portaviones y lanzaban bombas, un oasis de tierra  salvaba a esos niños que peloteaban y las luces de la vía del tren los iluminaba. Mi padre, Pedro, Román, el Pájaro fueron esos niños salvados y salvadores. 

En nuestra casa la filosofía era sencilla: si eras bueno jugabas con los pies. Si eras malo pegabas pelotazos y jugabas de cabeza. En nuestra casa jugábamos los buenos y los malos. En nuestra casa no habían representantes, ni entrenadores de alta cualificación, ni padres que creyeran que su hijo fuera a jugar en el Madrid. En la Loma no había mentiras, solo un balón. En la Loma el terreno de juego era el campo de batalla, el Gerard Brenan nuestra casa, donde no sólo jugábamos los futbolistas.

19 de junio de 2025

EL ALCACHOFAZO parte 1 (Relato, Fran Kapilla)



EL ALCACHOFAZO (Parte 1)
Un relato por Fran Kapilla

 

Permítanme que les hable del suceso del 30 de agosto de 1993. A la tórrida y abrasante hora de las cuatro de la tarde, tuvo lugar una batalla de titanes, un enfrentamiento de dos fuerzas temibles que haría estremecer los cimientos del deporte. Me refiero, claro está, al partido de fútbol entre el equipo del colegio La Biznaga de Málaga contra el equipo del colegio Los Girasoles de Churriana. Aquel partido pasará a los anales de la historia deportiva como uno de los más duros que jamás se ha conocido.

Ríanse de los partidos finales del Mundial de fútbol de cualquier año... lo que se vio aquella tarde, está grabado a sangre y fuego en las mentes de quienes lo presenciaron.

Como es sabido, los niños del colegio La Biznaga de Málaga, eran, en aquella época, rivales eternos y absolutos de la gente del colegio Los Girasoles de Churriana. No había encuentro en el que la fiereza de ambos contrincantes, acabase en lesiones y una amalgama de vituperios que se reflejaban luego en la prensa local. Hasta la prensa de Málaga llegaban las iras de aquellos niños de once años.

Pero aquel día de 1993, la cosa era diferente, hacía dos años exactos que ambos equipos no se encontraban. Los chicos rondaban los trece años, habían crecido, eran más fuertes que Robocop y más rápidos que el coche de Batman.

 

La "liguilla" entre colegios, que tenía lugar en la provincia, había revelado que la final sería disputada entre los consabidos rivales. Tres semanas antes del partido, nuestro entrenador, Don Basilio Guzmán (que además, era profesor de religión e informática), nos había tenido ejercitándonos duramente. Don Basilio se rascaba su panza con agitación y limpiaba sus gafas de culo de vaso continuamente cuando se acercaba la fecha del partido. Había veces, que entraba a mitad de una clase, fuese la que fuese, para reclamar a sus jugadores.

-Buenas Juan, -decía Don Basilio mientras abría la puerta al mismo tiempo que llamaba-, vengo a llevarme a los chiquillos, que toca entrenamiento.

-¡Pero hombre, Basilio! ¡Que están en mitad de un examen! -respondía Don Juan Cepeda, maestro de matemáticas.

-Ya veo... bueno, no importa Juan, ponles un notable y listo, estos niños son muy listos. ¡Venga, soltad los lápices y arriba!

-¡Pero...! ¿Y si entro yo a tu clase interrumpiendo un examen? -decía Don Juan, indignado.

-Pues te cedería gustosamente a los alumnos y les pondría un sobresaliente, porque sé que iban en misión de capital importancia.

-¿Y te parece que jugar al fútbol es más importante que un examen?

-¡Alto! ¡Por ahí no, Juan, por ahí no! -respondía Don Basilio con contundencia y cambiando el gesto, pasando de la afabilidad al enfado. - No es sólo un partido de fútbol, ¡es la defensa de nuestro nombre, del colegio! ¡es nuestra segunda casa! ¡es el honor a la memoria de todos los que nos precedieron! ¡es el honor de tus descendientes! ¿acaso crees que un hijo tuyo te volvería a mirar a la cara si tu ahora mismo no dejas salir a estos chiquillos y por culpa de esa nefasta decisión provocas nuestra derrota? ¿te podrías mirar a la cara?

-Hombre... yo...

-No sé si te podrías mirar a la cara, pero estoy seguro que el resto de compañeros no lo harían.

 

Y así es como Don Basilio nos sacaba de las clases para entrenar durante aquellos días. Con cualquier otro profesor, aquello podría ser una bicoca, una oportunidad para "hacer novillos", pero Don Basilio nos sacaba de la lumbre que provoca un examen y nos metía en la hoguera que provocan sus entrenamientos.

En aquella época no se entrenaba como hoy. Algunos tenían chandals de gimnasia que daban un calor tremendo, de una tela que quizá se usaba también para aislar satélites en el espacio, para evitar que el calor solar los dañase; otros, tenían que conformarse con camisetas de propaganda, de arroz, de calzados Zamora, o de Muebles Marcelino.  Y en general dábamos gracias que teníamos una especie de uniforme deportivo pagado por el colegio, de calidad ínfima y que además picaba. Pero ese uniforme no se usaba en los entrenamientos, para evitar rotura o suciedad. Así que entrenábamos con lo que cada uno llevaba. Ahí he visto a muchachos corriendo con pantalones de pana, sandalias, botas, camisas de cuadros y hasta con muletas. El mismo Don Basilio corría con sus zapatos negros, su camisa de líneas finas y su corbata. Solamente cuando estaba agotado, se permitía aflojar ligeramente el nudo de la corbata.


Dos semanas antes del partido, Don Basilio nos convocó en el salón de actos, que tenía un escenario pero no tenía proyector ni pantalla gigante, no, eso era cosa futurista o de cines. Lo que había en aquel 93 en las escuelas era una tele normal corriente, de tubo “culona”, en un carrito con ruedas. En la bandeja inferior había un vídeo VHS conectado. Ese carrito se ponía delante de los alumnos y se procedía a dar al "play". A veces, como las cintas no estaban rebobinadas, al darle al play salían unos segundos del final, con lo cual, se jodía el argumento. El caso es que el profesor nos puso una cinta y vimos al equipo de Churriana entrenando.

-Esto que véis, -dijo el profesor desde la penumbra del salón- ha costado sangre conseguirlo... fue Don Matías, que con una valentía inaudita, se adentró con la videocámara en el campo de Churriana. Todo para obtener estas imágenes secretas.

Don Matías llevaba dos semanas de baja. Ahora lo comprendía todo. En las imágenes se veían a los chavales entrenando y haciendo pases de balón. En cierto momento dado, alguien señalaba al cámara, a Don Matías. Entonces, uno de los niños de churriana, tomaba algo del suelo que no se distinguía bien, parecía una piedra o similar... y la lanzaba contra la cámara. Se podía percibir el impacto, la cámara cayendo al suelo y el fin de la grabación.

 

-¿Don Matías se encuentra bien? -preguntó Fernando.

 

-Vamos a lo importante ahora... -exclamo el profesor mientras suspiraba y hacía retrocer la grabación.- Aquí podéis ver el rostro de vuestros rivales. Estudiad sus facciones, memorizad sus movimientos, pensad en ellos día y noche. Si vas a comer, que sea con estas imágenes en la mente, si vas a cagar, que sea pensando en cómo se mueve esta gente. Estudiad esta grabación.

 

Por la tarde, quedamos todos los niños en casa de Ramón. Después de merendar mientras veíamos un episodio de Bola de Dragón, tuvimos un debate.

-¿Qué pensáis del partido en Churriana? Cuando hemos jugado contra ellos, siempre ha sido en Málaga– preguntó Paco.

 -Creo que esto se está saliendo de madre –dijo Juan-, los de Churriana son gente peligrosa, y si están en su campo, puede pasar de todo…

 -Yo estoy por ponerme un trozo de cartón debajo de los calcetines, protegiendo las espinillas, porque esos entran con el pie por delante. –añadió Fernando.

 -Y en el “costao” también, hay que ponerse cartón debajo de la camiseta porque esos dan unos codazos cuando están regateando que ni te cuento… -respondió Germán.

-¡Casi es mejor ni ir al partido! –dijo, temeroso, Ramón.

 -¡A ver cómo se lo decimos al Don Basilio! ¿Cómo nos escaqueamos del partido? –respondió Tomás preocupado.

 

Mientras estábamos hablando, en la tele, que se había quedado encendida, salió un anuncio de la película Terminator 2. La voz de un narrador decía: “¡El gran éxito de las pantallas, ya en venta directa, para que la disfrutes en casa! Luego salían imágenes de la película en varias situaciones y finalmente, el Terminator, con gafas de sol, decía: “Sé valiente y compra esta película”. Vale, posiblemente habían doblado el anuncio de una manera cutre, pero aquello nos sirvió de inspiración…

 -Mirad, Terminator tiene su cuerpo interno de metal –les dije- y “el malo” le da tantos tiros que casi lo revienta.

 -¿Y qué quieres decir con eso? –dijo Paco

 -Pues que no nos protegerán cartones escondidos, ni plásticos ni nada. Tenemos que echarle cojones y jugar como sabemos hacerlo. Si los de Churriana van a pegar, pues ya nos protegerá Don Basilio, que es como Terminator, está ahí para proteger a los alumnos.

No entiendo por qué mis palabras convencieron a los compañeros. Quizá en esa edad, estábamos flipados, pero pensar que Don Basilio, a pocos años de la jubilación, con panza y gafas, era capaz de convertirse en Arnold Swarzenegger… era una fantasía extrema.

Después de la charla, pusimos un rato la videoconsola y echamos unas partidas al Contra y al Mario. Viendo aquellos muñecos pixelados de 8bits, atacando al personaje principal, pensé durante un instante, si el encuentro contra Churriana tendría un “game over” similar…

 

Sin embargo, un día antes del partido, ocurrió un hecho de gravísima importancia que hizo cambiar todo. Permítanme que me refresque la boca con un trago de mojito y luego seguiré narrando esta crónica. Un suceso increíble que quizá nos hizo definirnos como lo que hoy somos.

Continuará...


16 de junio de 2025

AVERÍA (Relato, Palabrista)

AVERÍA
Mini relato por Palabrista


«Ya no te quiero, digiérelo». Y eso hice: mastiqué tu nota hecha pedazos. Hoy he tenido que llamar al fontanero, la Q ha obstruido el tubo sifónico.

Fin.



EL CONFIDENTE (Relato, Carmen Maqueda)



EL CONFIDENTE
Un relato por Carmen Maqueda


Voy a pintar los labios a esa vieja  que se asoma al espejo cada vez que me miro en él. Mientras no me veo tengo veinte años, treinta o cuarenta como mucho, pero cuando me miro, veo a una anciana. 

Hoy,  mi padre me ha regalado una luna de cuerpo entero. Porque una quinceañera bonita como yo la necesita y me ha hecho ilusión. Las dos cosas, el regalo y las palabras que me dice papá.  Antes, cuando yo tenía doce, él alababa mi inteligencia y nunca hablaba de mi físico. A todo el mundo andaba contándole que era la mejor de la clase, la de las calificaciones más altas…ahora no parece que sea importante, será porque sigo sacando buenas notas y sabe que ya, en esa parcela, no tiene que subirme la autoestima.

Hoy me he mirado muchas veces en mi gran espejo, necesito su aprobación, que me conteste a lo que le pregunto, no me sirve la opinión de mi padre, pero no dice nada, se limita a devolver lo que ve y yo tengo dudas, muchas. 

Es el día de mi boda y por eso mi maravillosa luna me transmite que estoy preciosa y que no me equivoco casándome, pero el reflejo es el  de una mujer triste, dubitativa y con miedo al futuro. 

En nuestro primer aniversario, al pasar de largo por el pasillo he visto en la habitación a Rubén, mi marido, ante el espejo, vestido con ropa interior mía, maquillado y con tacones a medio poner (le están pequeños). He vuelto sobre mis pasos y le he mirado, muda, y él ha dicho: ¿no venías a las nueve? Esto no significa más que aburrimiento, Desi, ¡no te pienses otra cosa! 

Le he dicho que la cocina está sin recoger, por ejemplo, y que eso entretiene mucho. 




El camión de mudanzas lleva a mi nuevo hogar los enseres. Le he rogado a los mozos que cuiden del espejo, ya está viejito, pero no quiero que se rompa, tiene un primer sonido a felicidad, aquellas palabras que lo acompañaron cuando llegó a mí. 

Se ha convertido en mi confesor, aunque es frío como un estanque de Moscú en diciembre, también es sincero, jamás me engañó y ha visto cada cosa! 

Hasta la vida aparentemente más sencilla tiene recovecos y misterios, mentiras que nunca se llegaron a aclarar, verdades sin confesar y trucos empleados para resolver situaciones sin retorno. 

Le prometí a Rubén que nadie se enteraría de su divertimento. ¡Mira, algo que hice bien! porque después de los años sé que me excedí en calificar  aquello, que fue superado por infinidad de experiencias, además siempre me queda esa bala en la recámara. 

 Rubén, me fue amaestrando en el odio, materia de la que yo andaba escasa de conocimiento, y diciéndome lo que debía hacer en cada situación. Traía a casa a personas desconocidas para mí, podían ser indigentes o ilustres catedráticos, me mandaba lavarles los pies o hacerles una felación, que me follaran, o lo que se le ocurriera ese día y decía que eso era experimentar, que era bueno para nosotros. Otras veces eran niñas que secuestraba en la parada del bus, solo para que pasaran miedo, las tenía encapuchadas unas horas y después las soltaba cerca de una calle. Sí, para él todo normal. Empecé a estar harta de mi existencia justo cuando supe que estaba embarazada y la rebelión estalló en mi interior. El asco comenzó con él, vomitaba solo con su presencia. Extrañamente y a pesar de que podía no ser su hijo, la noticia le hizo ilusión. Pero lejos de pensar en un cambio de rutina sexual para nosotros, él  estaba seguro de que mi barriguita añadiría morbosidad a los "juegos".  

Yo tenía que idear algo y tenía que ser drástica. La ocasión tardó en llegar, pero la noche que me puse de parto él  había bebido mucho y le dije que me iba al hospital, que se tomara el café y luego ya iría. Le preparé un café bien cargado de absenta y algunas pastillas, y lo dejé allí, en el sofá, con la puerta de casa abierta y le unté dentro del slip, en las manos, bajo la camisa, de morcilla, chocolate, queso…ah y de collar una ristra de chorizo. ¡Es penoso que tenga una que usar un espejo como confidente! 

Mi nieta Alba ha descubierto que tiene manchas negras y dice que, cuando se mira en él, no se ve con nitidez, que lo cambie por otro, me dice. 

Le he contado que lleva conmigo muchos años y le he preguntado si quiere cambiarme por otra, yo también tengo manchas. Se ha reído. Lo que sí haré, si sigue siendo tan fogosamente realista, tan insensible conmigo, tan poco caritativo, será decirle la verdad: que tiene manchas y que cada día está más borroso. Sabrá lo dura que es la sinceridad. Por cierto, tengo la memoria fatal, no recuerdo si he contado que vivíamos, antes de mudarme a la ciudad, en pleno monte, rodeados de lobos que aullaban de hambre toda la noche.

10 de junio de 2025

EL CABLE CÓSMICO (Relato, M.D.Barrionuevo)


EL CABLE CÓSMICO
Un relato por M.D.Barrionuevo


Aquella mañana el sol no salió. Un eclipse, un error del reloj, un sueño. Los habitantes  parloteaban sin cesar en la calle, en bares, en el metro, en todas las casas las orejas estaban atentas a una explicación de tan increíble suceso. La noche mientras tanto salió ganando. 

Duraba desde la mañana a la noche y desde la noche a la mañana. La oscuridad lo cubría todo, un eterno eclipse total, según algunos el esperado gran apagón. Los amantes de las horas nocturnas empezaron a preguntarse si tenía sentido dormir durante el día para estar despierto en la noche. Las horas diurnas eran nocturnas y el sentido de protesta de su acción contra la sociedad ya no era coherente. 

Al tercer día las plantas empezaron a perder el verde de sus hojas, un color entre marrón y gris cubrió el bosque. Las flores dejaron de abrir sus cuerpos al amanecer. La mañana envuelta en tinieblas daba paso a la tarde sumida en la penumbra. La luz de las farolas adornaban calles y rostros a lo largo de cada hora. Ya no era necesario hablar de días. El tiempo sumido en la oscuridad eran solo segundos, un eterno transcurrir, un amasijo sin sentido. Ya no existía el descanso, los empresarios levantaron sus quejas por el pago extra de las horas nocturnas, los políticos preguntaban a expertos cuanto duraría aquello y como deberían afrontar los entresijos del futuro más oscuro de la historia. 

Ni la ciencia, ni la religión, ni la filosofía tenían respuesta alguna. Los científicos resolvían sus dudas analizando los datos recogidos sin llegar a la más acertada de las teorías. Las diferentes religiones, unidas en asambleas por primera vez en la historia, debatían textos milenarios, bíblicos, apócrifos y otros olvidados y eximían causas justificadas para aclarar hechos tan extraordinarios. Los filósofos más calmados argumentaban cambios,  un simple desvarío en la inestabilidad del espacio tiempo, un símbolo del eterno cambio. 

Sin embargo, ante todo pronóstico, la IA fue contundente. Si el sol no brillaba: alguien había cortado el cable. Líderes políticos, académicos y catedráticos quedaron boquiabiertos. La existencia de un cable cósmico capaz de dar energía al sol podría alimentar la tierra sin necesidad de pagar a las empresas energéticas ni un céntimo. Los teléfonos de Estado comenzaron a sonar, la solución a la falta de luz apareció en el mejor momento, cuando los ánimos crispados alentaban grandes manifestaciones y disturbios en las calles. En el catorceavo mediodía ocurrió algo inesperado, el sol encendió su esférico cuerpo como antes nadie lo recordaba. 

El rumor corrió entre los pasillos. Universidades, centros de investigación y concilios querían una respuesta. Fue entonces cuando los sindicatos dieron una rueda de prensa. Una huelga, dijeron. El sol, bajo la presión de los sindicatos, había iniciado una huelga hacía ahora dos semanas. La razón del fin de la misma: la incapacidad de un sistema para purgar los malos hábitos, de restaurar la calma frente a la neurosis productiva, un sistema condenado a la extinción. La noche perdió su magia. Un selfie en el almuerzo aseguraba el trending topic

El amanecer comenzó a ser venerado por nuevas tendencias religiosas y el cableado cósmico instaurada como asignatura obligatoria en el grado de física. Los pájaros volvieron a cantar y los árboles respiraron tranquilos mecidos por el aire cálido de la primavera.


(Relato incluido en el próximo ejemplar: Número 6 digital y papel)