LA PLUMA SIN TINTA

Bienvenidos a este rincón donde literatura y otras artes se dan cita como fanzine digital y en papel.

3 de febrero de 2026

LA PLUMA SIN SINTA #17 FEBRERO 2026

Ya disponible el número 17, febrero 2026 "Especial cartas de amor". 

Es el último ejemplar diseñado por Kapilla. Nuestro maquetador se despide por obligaciones de paternidad y del cine, tiene que dejar el fanzine un tiempo. Así que después de este número 17, tendremos que contar con un nuevo maquetador y un diseño renovado.

¡Muchas gracias, Fran, por tu paso por esta revista!




16 de enero de 2026

EL CENACHERO FELIZ (relato de Paco Bravo)




         Una crónica literaria por Paco Bravo


Escribo esto a escasos días de finalizar 2025. El que viene no tiene rima, parece. Lo hago desde mi ciudad natal, y hago honor tanto a los cenacheros digitales como a los originales: los pescadores del Bulto y El Palo, Carolina Turbante, los hermanos mártires; y a un andalusí sin ser musulmán, desconocido en nombre pero no en influencia.

Si se levanta la alfombra malagueña encontramos teatros romanos, ciudades fenicias y leyendas con menos de mil años. No me refiero a Picasso. Hablo de una leyenda viva. ¿Pensáis en Banderas? Podría ser interesante indagar sobre su incursión en el Teatro Alameda o su incipiente academia actoral, pero no. Se me viene antes algún transeúnte común, una figura más relacionada —que no parecida— a la de El Lenguas o El Vena. Pero, a diferencia de estos, no es mendigo ni pedigüeño; quizás un nómada malagueño. Si pensáis que me refiero a ese que grita “Pum, pum, pum” y tiene un cementerio para él solo, vais mal encaminados.

Entre quince y veinte años atrás, mi tocayo —el que maqueta este fanzine— y yo, con la Panasonic X100 cargada, una noche de invierno, lo invitamos en El California a tres camperos “California”. En aquella hamburguesería, donde el campero homónimo se presentaba como tres cabezas, nuestro personaje malagueño no escatimó en zamparse semejantes voluminosos bocadillos, cuyo diámetro equivalía a nuestras tres cabezas. Le bastó un litro de Fanta para digerir esas barbaridades.

Decir también, aunque esto tampoco sirva de mucho, que era una noche gélida, de lunes, donde la crisis económica azotaba con paro y calles vacías, no con guiris y franquicias. El centro estaba muerto, pero seguía siendo el centro todavía.

Marchamos a un night club. Cada cinco minutos alguien —principalmente joven— se paraba a saludarle, pedirle un cante, un autógrafo o una rima. Ya di alguna pista. Mientras nos acercábamos al lugar, mi tocayo y yo, como dos entusiastas y desconocidos cineastas, ilusionados con grabar a una celebridad, sonreíamos tímidamente, sin llegar a celebrar fortuna.

Cuando entramos en el tugurio —un bar oscuro, amplio, lleno de gente variopinta, caricaturesca y decadente— el ceño se nos descompuso. Las ganas de irnos eran clamorosas, pero habíamos entrado y era imposible salir, más que nada porque el lugar estaba cerrado por dentro.

Mi tocayo se encargó de las cámaras y yo de los focos. El camarero era un anciano hostil que tardaba media hora en servirte. Alrededor de aquel local rectangular y espacioso había un escenario grande. También encontrabas unas mesas donde un grupo de ancianos jugaba a las cartas. En la barra se encontraba la mayoría del poblacho: la mayoría bajaban de los cuarenta y un par de ellos se tapaban la cara cuando cruzaban cámara.

Pero estoy hablando de los anónimos. Toca ya hablar de la celebridad.

En primer lugar, he de decir que nuestro personaje público mostraba con sus fans un acento gracioso, una actitud cercana, excesivamente cercana. Con nosotros adoptaba un trato afable pero más serio. En cambio, en el bar reflejó un lado impensable en él. Pero, siendo honestos, ¿qué ser humano no alza alguna vez la voz? Él lo hizo, y no sé si Fran grabó. Solo sé que ambos quedamos de piedra.

Igualmente, pese a dejarnos helados, no fue ese lado oscuro lo que más nos petrificó, sino la ignorancia de todos aquellos que pululaban en el bar. Su público —o lo que se suponía que era su gente— no hacía caso alguno a sus actuaciones. Un personaje popular, quizás en Málaga el mayor, cobraba fijación en la calle y en las pantallas, pero en su hogar era ignorado completamente. Nadie guardó silencio, nadie alzó la mirada para mirarlo. Pero, sin duda, lo más violento de todo fue que nadie mandó a callar.

Mi tocayo grababa, yo fumaba detrás de los focos y miraba su actuación.

Creímos que en una hora saldríamos de allí. Lo cierto es que nos dieron las cinco de la madrugada. El cantante se vistió de folclórico, se maquilló y cantó tres coplas, desentonadas y dejándolas a la mitad. En un segundo acto —o más bien segundo intento— se puso un turbante y comenzó a recitar chistes malos y sin gracia. No tuvo ni siquiera la suerte de que se rieran de él mismo.

Intentamos Fran y yo convencerlo para que recitara rimas. No se le daban mal, incluso mejoraba a Chiquito. Por cierto, ya podéis descartar otra celebridad malagueña.

Cuando bajó del telón se sentó en una mesa solo. Se escondió entre su gente. No pidió ni un vaso de agua. Simultáneamente, como si lo tuvieran preparado, los viejos terminaron su jugada —o eso parecía— y el oscuro camarero gritó con entusiasmo:

—¡La gramola! ¡La gramola!

La mitad acudió desesperada a elegir canción. La otra mitad a invadir al cámara. Comenzó a sonar una canción de Raffaella Carrá —creo que esa de venir al sur. Los viejos bailaban en el escenario; los jóvenes se acercaban a cámara tanto que dejaban la grabación en negro. Paradójicamente, el que más se acercaba era el que se tapaba la cara.

La situación era estrambótica y los personajes públicos en aquel lugar éramos nosotros.

Obviamente, el final no fue agradable. Fuimos a grabar un concierto y el resultado no fue el esperado. Tampoco fue malo; total, salimos vivos. Lo inédito fue que ese día no se mostró feliz.

De nuestra celebridad no sé si Fran, pero yo no lo volví a ver más. Ni en persona ni en los medios. Si fuera Picasso o Chiquito sabría que no está vivo; si fuera Banderas sabría que ha vuelto a Málaga.

No es cantante, tampoco cómico, pero poco le faltaba para serlo. No es actor ni tampoco actúa, pero siempre aparece en primer plano. No es pedigüeño, pero no le falta un cartón. No es vagabundo, aunque trotamundos diría que el que más.

No es Salvador Rueda, pero si ve a mi tocayo le manda a comer tortillas y si es a mí, un kilo de nabo.

26 de diciembre de 2025

OTRA VEZ NAVIDAD

 

      


      

         

                      Relato de  BELÉN CONDE DURAN

              


Me falta valor para vivir. Las personas como yo ya no creemos en la Navidad, y la sonrisa inocente de un niño al abrir los regalos que cree traídos por los Reyes Magos o Papá Noel nos produce una profunda tristeza. La tristeza de que las cosas buenas sean tan efímeras, y de que el desengaño producido por la cruda realidad llegue un día, deje su impronta y no se marche nunca.
Estaba sentada en la barra de un bar de postín frente a una taza de café, observando con indiferencia cómo el dueño y dos camareros se esforzaban por enderezar el abeto, que habían colocado al lado de la chimenea para darle un toque hogareño. Un cuarto joven apareció en escena portando una caja de madera de la que sobresalían algunos adornos. Sin quererlo, de mis labios se escapó una media sonrisa, tan amarga como el mejunje que había en mi vaso.
La maldita Navidad me recordaba que ya hacía un año que había vuelto a quedar como una imbécil. ¿Acaso pensaba que ser una buena persona es motivo suficiente como para que el destino se olvide de ti y no te propine un gancho de izquierda? Al contrario; es sabiduría popular que los cabrones viven la vida como quieren y los idiotas buenos se quedan a ejercer de pañuelos. Y eso que dicen que si te la pegan una vez la culpa es del otro, pero si te la pegan dos el cretino eres tú, es una verdad como un templo. Los libros de autoayuda te animan a perdonar para seguir avanzando, para sentirte bien. Pero, ¿a quién no se le envenena la sangre al pensar que por muchas excusas que le den (no sé por qué lo hice, no sé por qué la llamé, siento haberlo hecho) la realidad es que la llamó por iniciativa propia, la vio a tus espaldas y se la pasó por la piedra a demanda? ¿Y que encima ni tenga el valor de venir arrepentido a contártelo, claro; que entres porque guardó reliquias de su faena para posteriores visionados? El muy cerdo se relajó y terminó dejando las fotos a la vista, desparramadas de cualquier forma en una carpeta del ordenador. Al parecer fue para lo único que le falló la inteligencia.
Y luego, después de haber pasado media década a su lado, con tantos recuerdos a las espaldas y un par de arrugas en el rostro, y con eso de que en el fondo no es un mal tipo y no te trata mal, no lo dejas. Más por miedo a qué vas a hacer tú sacada de contexto emocional que por el hecho de decepcionar al mundo. Y te tragas el rencor, y por aquello del Año Nuevo, haces borrón y cuenta nueva. Y hay días en los que parece que ni te acuerdas, y eres capaz de sonreír e incluso de ponerte graciosa sin dos copas y soltar algún que otro chiste. Pero de vez en cuando, en el silencio de la noche, te comes la cabeza pensando de quién será ese número desconocido en la lista de llamadas perdidas, o por qué ayer volvió una hora más tarde y sus excusas no sonaron creíbles.
¿Y qué haces? ¿Vives toda la vida con la mala hostia acumulada o actúas de buena fe perdonando y sintiéndote como una idiota si te la vuelve a pegar? ¿Y si lo dejas, quién te dice que el que venga después será mejor? ¿Deberíamos conservar la fe en la humanidad?
Pues no: lo mejor es partir los turrones contra el suelo y estrellar la botella de champán. Devolver los regalos e intentar que te abonen el importe de la reserva de la cena de Nochevieja. Irte a bailar y a ligar, y mañana será otro día… con más miseria.
Porque no nos engañemos: jugar a lo mismo no es más que un alivio momentáneo tan vergonzoso como el maquillaje corrido la mañana después de la juerga. En ese partido solo pueden participar los expertos que vendieron su alma desde el primer minuto. Los que juegan en la liga de los tontos —pobres infelices— ladran y levantan el puño al cielo, conjuran y amenazan. Pero al final no hacen absolutamente nada.
Al menos, siempre nos queda la opción de cerrar la puerta y desconectar el móvil. De desaparecer de la circulación y de disfrutar a solas de una taza de café.
Ya han terminado de decorar el árbol; estos chicos se mueven deprisa. Observo ausente el festival de luces intermitentes que recorren el contorno del abeto, al tiempo que dejo con desgagrado la taza de café frío sobre el platillo. Parece que fue ayer cuando me reunía con mi familia para cantar, pandereta en mano —mi tía se ponía con la sidra más alegre de la cuenta y en vez de cantar, parecía que hablaba en arameo— y nos tragábamos el maratón televisivo con el estómago lleno y el corazón satisfecho. Y al día siguiente, a esperar los regalos.
Qué sencillas eran las fiestas entonces. Qué simplonas y ñoñas, dirán algunos.
Sí; pero eran auténticas.
Me levanto del taburete y dejo unas monedas en la mesa. Me enfundo el abrigo y salgo a enfrentarme a la fría noche. Mis pasos resuenan huecos en la acera, y mis ojos buscan de forma instintiva algún punto donde se mueva la luz. Pero esa luz que dicen que da esperanza, la que ilumina las noches navideñas, a mí solo me transmite una inmensa soledad.
Curiosamente, a medida que crecemos nuestros deseos se vuelven mucho más exigentes, aunque también menos materialistas. El poni alado y el castillo de las muñecas son reemplazados por un: «ojalá no me vuelva a engañar» o por un: «espero que sigan vivos para la próxima Nochebuena». Los regalos de los que presumías en el colegio perdieron la chispa, sustituida por la esperanza de que te mire con interés renovado y te diga que ese peinado te sienta muy bien.
Ya no vives pensando en si irás a la cabalgata de Reyes con tus amigos; ahora esperas que ellos puedan sacar media hora en sus ajetreadas vidas para sentarse contigo a charlar de los viejos tiempos, y reírse con miradas cómplices de los mismos chascarrillos que ayer. Porque, aunque manidos, están revestidos de una pátina de nostalgia que hacen que el corazón se sienta como pocas veces.
Ir de compras con tu madre y que ella te aconseje y te regañe, como cuando eras adolescente, es juventud e ilusión. Es un «poner los ojos en blanco», pero esta vez no por fastidio, sino con cariño renovado. Y mientras me doy cuenta de que daría cualquier cosa por volver a ser joven para hacer las cosas mejor, para eliminar rencores, ganar en experiencia y pasar más ratos agradables con los amigos que ya apenas veo, pienso en que, si realmente existen los Reyes Magos, lo mínimo que podrían hacer es regalarnos a cada uno de nosotros una máquina del tiempo.








21 de diciembre de 2025

LA PLUMA SIN TINTA #14

Ya tenéis disponible el nuevo número de nuestra revista/fanzine LA PLUMA SIN TINTA. Número 14, Especial "Mejores relatos de 2025". Este ejemplar aparece ahora en navidad de 2025 y damos un vistazo a los pasos recorridos este año; por eso, os ofrecemos un precioso especial que muestra los mejores relatos de algunos autores que formamos la familia de "La pluma sin tinta".




11 de diciembre de 2025

2 de diciembre de 2025

LA PLUMA SIN TINTA #12 LA FANZINETTA

 LA PLUMA SIN TINTA #12 LA FANZINETTA.

Ya tenemos el número de diciembre, es un ejemplar especial sobre Argentina, con relatos e información sobre todo el tema argentino. "La fanzinetta".



Podéis descargar el "Especial Argentina" en PDF o leerlo online.


24 de octubre de 2025

2 de octubre de 2025

LA PLUMA SIN TINTA #10 Octubre

 Otro mes que empieza y otra nueva tirada de nuestro fanzine, nuestra querida revista literaria. Este número 10 de octubre, está dedicado, como sabéis, a homenajear a Francisco Ibáñez, uno de los grandes genios del comic. 


Como siempre, podéis leer la revista online o descargarla en PDF.
Y recuerda que tienes los números anteriores disponibles.


4 de septiembre de 2025

LA PLUMA SIN TINTA Nº9

El número de Septiembre 2025 ya está disponible, podéis leerlo online o descargarlo para ponerlo en vuestros dispositivos favoritos. Se agradece la difusión, ¡que lo disfrutéis!


LA PLUMA SIN TINTA Nº9


2 de septiembre de 2025

TAXI La revista del taxi de la costa del sol

El equipo editorial de LA PLUMA SIN TINTA, presenta con orgullo un nuevo lanzamiento

TAXI
La revista del taxi
de la costa del sol







La revista está en circulación en formato físico.





5 de agosto de 2025

YA ESTÁ DISPONIBLE EL NÚMERO 08

¡El número 08 de agosto 2025 ya está disponible

Podéis leerlo online o descargarlo en vuestros dispositivos favoritos (en formato PDF).
Leed, escribid y disfrutad lo que queda del verano.




37 CLAVELES (Poema, Fátima Frutos)



37 CLAVELES

Un poema de Fátima Frutos


Dedicado a los 37 marineros españoles del submarino republicano C-3, hundido el 12 de diciembre de 1936.

 

Madre, yo tengo miedo de ahogarme sin verte de nuevo.

Sin decirte que no hemos perdido y proseguir tu rastro por la orilla.

¡Madre, que yo quiero ver Cartagena en tus pupilas! ¡Compañeros!

España está más adentro que nosotros y Málaga a casi cuatro millas.

¿Cuántas veces os dije que era justa la lucha de la flota republicana?

¿Cuántas que El limonar nos contempla? Con columna de humo que asalta.

 

Madre, yo quiero templar en la lejanía tus entrañas de azabache,

para que roces mi pelo hundido con tus lágrimas tras el ataque.

Rasgué mi casaca de la Armada, cuando supe que más no te vería.

Al viento he consagrado mis ansias de libertad, mi patria y mi osadía.

La proa se inclina, vamos caídos a estribor y toda una llamarada es mi voz.

La voz de los que perecemos, capitán, con la República en mitad del corazón.

 

Demasiado vacío, madre mía, el que nos espera en la profundidad.

Más de sesenta metros de coral anaranjado en forma de eternidad.

Al frente, alcornoques, pinsapos, murallas rocosas y cuevas marinas,

agallas de marineros valerosos, bravura que flota por entre las encinas.

 

Madre, yo quiero despedirme de ti con claveles rojos y un abrazo.

Vestido de ámbar y lila, como esa bandera que se asemeja a una misiva.

Sin aire en los pulmones, herido por torpedo, mi esperanza es memoria asida.

Prendido de tu vientre voy, rajado ya el casco, a tu útero vuelvo hecho retazo.

 

Madre, diles que recuerden mi nombre cuando esté sumido,

cuando sea en el Mediterráneo burbuja latente y aire compungido.

 

Y no me abandones ahora que oigo el eco de tus pasos, enjuto.

En mis sienes, las olas cautivas, espuma de puertos y marejadas.

Y yo descubriendo el tiempo que me engulle junto a mis camaradas.

Caminas de prisa por El Palo como una niña transida de emoción y luto,

tras mi alma de hombre libre, tras la contienda que a tus hijos retalla,

preñada de antorchas, campos hambrientos y frentes de batalla.

 

Madre, yo tengo miedo de ahogarme sin verte de nuevo.

Madre, abrázame ahora que bajo los claveles sobrevivir puedo.


 

UNA JUVENTUD PERDIDA (Relato, Francisco Romero)



UNA JUVENTUD PERDIDA

(Basado en hechos reales)
Crónica de Francisco Romero Romero

 

Corrían mediados de los años setenta cuando aquel hecho, de pronto, ocurrió. Un suceso que, si bien al principio me marcó profundamente, con el tiempo fue desdibujándose en la memoria, como se diluye un azucarillo en el fondo de un vaso de café. Dicen que el tiempo lo cura todo. Quizá tengan razón. O quizá lo único que hace es envolverlo todo en una niebla espesa que nos impide mirar demasiado de cerca.

Tenía yo apenas catorce años, si no me falla la memoria. Para un chaval de entonces, algo ingenuo, al que le gustaba escuchar a Camilo Sesto en su Jesucristo Superstar o a Jarcha con su “Libertad sin ira, fue una experiencia traumática, de esas que no se olvidan jamás, aunque uno lo intente.

Y ahora, el lector se preguntará: ¿Qué ocurrió? Lo iré desgranando con el cuidado que permite un recuerdo cincuenta años después, ordenando las piezas con la torpeza inevitable del tiempo.

Es curioso, si ahora le preguntase al lector qué conserva en la memoria de sus catorce años, seguramente evocaría los primeros amores, los descubrimientos de las emociones nuevas que entonces parecían eternas. Pero conviene hacer una precisión, los catorce años de ahora no son los de antes.

No existía internet, ni móviles, ni televisión por satélite. No nos encerrábamos en los dormitorios, porque ni siquiera teníamos televisión en nuestro cuarto. Salíamos a la calle, buscábamos a los amigos por intuición y costumbre visitando los lugares donde normalmente íbamos, y si no nos encontrábamos, simplemente no nos veíamos. Era así.

En el setenta y cinco, setenta y seis, ya había aparecido la droga. Y con ella, la tragedia. La heroína, no la heroína valiente de los cuentos, sino la otra, la que llega en silencio y no se va jamás se coló en nuestras vidas. La llamaban "caballo", y a muchos los abrazó con una fuerza traicionera que nunca los soltó. Se llevó a varios de mis amigos. Sin ruido, sin gloria.

Éramos tres inseparables, apenas unos meses de diferencia de edad entre nosotros. No mencionaré sus nombres por el respeto y anonimato que se le debe y por si alguno, quién sabe, pudiera reconocerse en este relato. Los llamaré JCA y FCR. El tercero soy yo.

Conocí a JCA unos años antes, cuando sus padres llegaron desde el Marruecos español. Tuvieron que emigrar tras la muerte del dictador, cuando todo en aquella tierra parecía volverse incierto para los españoles.

Lo conocí en el colegio público del pueblo, uno de los dos que había y desde entonces fuimos inseparables. Él también fue parte de lo que estoy a punto de contar. De hecho, cuando nos vemos, todavía recordamos aquello con una mezcla de incredulidad y melancolía. Porque hay recuerdos que duelen, incluso cuando se cuentan con una sonrisa.

FCR, nació en Persia, así se llamaba antes la República Islámica de Irán, llegado con sus padres y una hermana huyendo del futuro que ya se vislumbraba en su país. Se establecieron en Fuengirola, donde fundaron una pequeña comunidad religiosa, la Fe Bahá'í.

Nosotros, chavales de barrio, no entendíamos nada de confesiones religiosas ni de revelaciones. El padre de FCR nos hablaba de un solo Dios, de la unidad de la humanidad, de los profetas.

“La tierra es un solo país y la humanidad sus habitantes”, solía decir.

Le escuchábamos por educación, más que por interés. Y con la menor excusa, escapábamos al bullicio de la calle.

Pudieron haberse instalado en cualquier otro lugar, pero el destino quiso que nos encontráramos y durante aquellos años, fuimos verdaderamente amigos. De JCA conservo todavía el lazo, aunque más espaciado. De FCR no sé nada. Ni siquiera si vive.

Y hay una cuarta figura en esta historia, JU.

Siempre pensamos que fue él quien desató todo lo que ocurrió. No era del todo parte de nuestro círculo, pero se unía a veces. Su vínculo era FCR, o mejor dicho, las familias de ambos.

Y ahora, al fin, el relato.

Era agosto de 1974. Calor seco. Media mañana de un lunes cualquiera. Yo estaba solo en el local comercial que regentaba mi padre. Serían sobre las once y media de la mañana cuando entró un hombre. Alto, serio.

¿Es usted Francisco R?

Me sorprendió aquel "usted", tan impropio para un chaval de catorce años.

Sí, respondí.

Soy inspector de policía.

Evidentemente del nombre no me acuerdo pero sí hoy lo volviera a ver lo reconocería de forma inmediata, moreno, pelo rizado con gafas metálicas doradas y bigote con perilla. Lo estoy viendo cincuenta años después.

Confieso que sentí un vuelco en el estómago. ¿Qué querría la policía de mí?

Me hizo varias preguntas, con un tono correcto pero firme:

¿Dónde estuvo usted la noche del domingo al lunes?

¿Con quién estuvo?

¿Conoce usted a FCR?

Le contesté que había ido al cine con JCA, lo cual era verdad porque íbamos todos los domingos y luego me fui a casa.

Los domingos por la noche solían emitir una serie que me gustaba mucho, Curro Jiménez.

Le aseguré que JCA también regresó a su casa. Y sí, sí conocía a FCR, pero hacía semanas que no lo veía.

La policía sabía de la amistad entre JCA, FCR y yo, o al menos de nuestra cercanía. El inspector me pidió que acudiera a comisaría con mi padre ya que yo era menor de edad. Todo el tiempo fue correcto, lo reconozco, aunque el susto no me lo quitó nadie.

Le pregunté qué ocurría. Por qué me preguntaban por FCR. Y la respuesta me dejó sin palabras. Bloqueado.

Esta noche, en el olivar de la calle…detrás de la oficina de Unicaja ha habido un asesinato. FCR está detenido. Había dicho que JCA y yo éramos amigos suyos lo que evidentemente era cierto.

El inspector, aparentemente satisfecho con mis respuestas, se despidió. Lo hizo con la misma corrección con la que había llegado, pero no sin insistir una vez más en que debía presentarme con mi padre en la Comisaría de Policía.

Tan pronto abandonó el local, llamé a mi padre para contarle lo que había ocurrido. También llamé a JCA quien me dijo que igualmente habían estado hablando con él y le dieron el mismo consejo, que acudiera con su padre a Comisaría.

No pasó ni media hora. A mediodía ya estábamos allí los cuatro: dos adolescentes y sus padres, atravesando el umbral de la comisaría con el corazón en un puño y un montón de incógnitas apretando la garganta. Lo cierto es que, para entonces, FCR ya había aclarado que, aunque nos conocía, ni JCA ni yo teníamos nada que ver con los hechos.

Pero la gran pregunta persistía, enorme, pesada como una piedra.

Es aquí cuando entra en escena JU.

Como conté antes, JU no era exactamente nuestro amigo, pero flotaba alrededor de nuestro grupo por la relación que mantenían las familias. Lo que no podíamos imaginar es que ese vínculo escondía una ponzoña silenciosa. JU, según supimos después, iba llevando chismes, insinuaciones, comentarios velados al padre de FCR por su comportamiento..

Gotita a gota, día tras día. La severidad del padre, férrea, inflexible, innegociable, convirtió aquella convivencia en un imposible.

La rectitud del padre de FCR, sí, y digo bien, exclusivamente del padre, porque a decir verdad, de las veces que estuve en su casa se veía claramente que quien tomaba las decisiones, por decirlo de alguna manera, era el padre, haciendo que entre FCR y su padre aumentase una tensión que terminó por que FCR un día, sencillamente, se fue.

JCA y yo sabíamos lo que había pasado. Nos lo había contado él, entre frases entrecortadas y gestos de impotencia. Pero lo sorprendente fue lo que ocurrió después.

Como si nada hubiera sucedido, quedamos un día los tres, como tantas veces en el pasado.

La cita era la misma, pero FCR… no.

Vestía con ropa cara, hablaba con desparpajo y empezó a presumir de dinero. Nos invitaba con generosidad inesperada.

Nosotros, asombrados, no sabíamos qué pensar. Lo conocíamos demasiado bien como para creernos aquel nuevo personaje, pero no preguntamos. Quizás por lealtad. Quizás por miedo a escuchar una respuesta incómoda.

Más tarde, cuando todo estalló, FCR explicó a la policía lo que había vivido tras abandonar su casa. Contó que, empujado por los chismes, esa forma insidiosa de violencia que destruye desde dentro, se refugió en un hombre que solía pedir limosna en la puerta de la iglesia a las salidas de misa. Un mendigo. Se fue a vivir con él.

No diré más. Prefiero dejar a la imaginación del lector lo que pasó en aquella convivencia improbable entre un adolescente herido y un marginado con rostro curtido por el tiempo. Yo, al menos, nunca me atreví a preguntarle nada cuando lo volví a ver años después, ya libre, tras cumplir condena primero en un correccional de menores y luego en prisión.

Lo único que supe, porque él mismo me lo confesó, fue cómo ocurrió todo.

FCR se dio cuenta, con el tiempo, de que aquel mendigo no era tan pobre como parecía.

Manejaba cantidades de dinero que no se correspondían con su aspecto.

Una noche, junto a otra persona, decidieron asaltarlo. Lo esperaron en el olivar que hay detrás de Unicaja. Y fue allí donde todo se torció.

De las andanzas de su compañero de fatigas hablaré en otro relato ya que según él me contó protagonizó motines de los que a finales de los setenta se producían antes en las prisiones. Hoy ya no se producen,

Según me dijo, las cosas se salieron de control. Las intenciones eran otras, pero el mendigo acabó muerto.

La mala suerte de FCR o tal vez su destino fue que aquel hombre guardaba una fotografía suya. Una simple imagen. Pero suficiente.

La policía tiró del hilo, y el resto… ya lo conocen.

Hace poco, con ayuda de las redes sociales hice algunas gestiones para ver si podía contactar con él, de saber cómo le va pero parece que la tierra se lo ha tragado ¿Quién sabe?

Quizás sea verdad pero he de confesar que después de tantos años sin saber de él sí quisiera saber si llegó a rehacer su vida, si tiene familia, hijos o si acaso murió.

EN OTRO LUGAR (Poema, Gloria Ramírez)


EN OTRO LUGAR

Un poema de Gloria Ramírez Trillo



El día se estremece

vapuleado por el viento

que azota las fachadas.

El sol se pasea por los senderos del mundo

ignorando que los árboles

temen perder sus hojas

y con su mágica varita de luz

transforma el caos

en una mañana esplendorosa.

 

Son las doce y las campanas

de la cercana iglesia

revolotean y bailan

inundando el aire

de sonidos alegres

porque hoy es fiesta.

Tengo la dicha de vivir este momento

de paz y de armonía.

Pero un sabor amargo me viene a la garganta,

Me siento culpable.

 

Disfrutar de esta belleza

me produce dolor y desconsuelo,

porque no puedo olvidar

que en otro lugar

en este mismo instante

unos hombres malvados

están matando NIÑOS


y nadie se lo impide.

2 de agosto de 2025

El Elefante y el Senador Podrido (Teatro, Antonio Caparrós)



El Elefante y el Senador Podrido

Antonio Caparrós Vida

 

(Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia)

 

EL ELEFANTE (sesentón, tipo gigantesco, sanchopancista, grosero, soez, ácido, desagradable, malafollá, malaje… respondiendo a una llamada telefónica). - ¿Sí?


EL SENADOR PODRIDO (setentón, traje de calidad, encorbatado, repeinado hacia atrás, engominado, de apariencia formal, de aspecto curil, vaticanista, opusdeísta tal vez, melifluo).- Oye, Elefante, ¿te ha llegado carne fresca latinoamericana? Sí; tipo cubanita o colombiana a ser posible con pitones pequeños,  pezones grandes…, ah y de pocas arrobas, ligerita de peso…, manejera y morena de piel, incluso una negra me vendría bien. Sí…, es que tenemos un congreso extraordinario  del partido en el hotel Ritz…, y ya sabes: necesitaré un rato de relax después de semejante coñazo… Y, por favor, que esté “limpia”; ya sabes a qué me refiero.


EL ELEFANTE.- ¡Hola Gervasio! Pues sí, me ha entrado buen género esta última semana; buena carne tierna como a ti te gusta, “bocatti di cardinale”. Pero te va a costar una pasta, ya te lo advierto. Tú dirás.


EL SENADOR PODRIDO.- ¿De cuánto hablamos? Tampoco te pases, que te conozco.


EL ELEFANTE.-  De 600 pavos por noche.


EL SENADOR PODRIDO.- Está bien, envíamela a la habitación 604. Ya me las arreglaré con el tesorero del partido. Ah, se me olvidaba: me la traes con lencería roja, eh.


EL ELEFANTE.- Allí estará a las 24:00, ¿ok?


SENADOR PODRIDO.- Ok.


28 de julio de 2025

AÑORANDO EL MAR (Poesía, Gloria Ramírez Trillo)

El mar, cuadro de Alex Dzigurski


AÑORANDO EL MAR

Gloria  Ramírez  Trillo


Este verano tengo lejos el mar. 

Lo adivino y lo huelo

cuando el aire deposita en mi cara

un soplo desvaído de su aroma. 

No lo quiero olvidar. 

Ni el temblor ondulante

de su manto azulado. 

Ni la bruma lechosa

que se enreda en mi pelo. 

Ni el rumor cadencioso de los chinos, 

revueltos en la orilla por las olas dormidas, 

o el ronco estruendo embravecido

cuando azota el Levante. 

Lo sueño solitario y alegre, 

como cuando era niña. 

Sus aguas transparentes y frias. 

El copo palpitante y plateado

que sacaban con  tanto esfuerzo

los rudos hombres de la mar. 

Las conchas que alfombraban la arena. 

La ausencia de sombrillas. 

El cobijo que nos daban las barcas 

para dormir la siesta.