¡El número 08 de agosto 2025 ya está disponible!
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Leed, escribid y disfrutad lo que queda del verano.
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37 CLAVELES
Un poema de Fátima Frutos
Dedicado a los
37 marineros españoles del submarino republicano C-3, hundido el 12 de
diciembre de 1936.
Madre, yo tengo miedo de ahogarme sin verte de nuevo.
Sin decirte que no hemos perdido y proseguir tu rastro por
la orilla.
¡Madre, que yo quiero ver Cartagena en tus pupilas!
¡Compañeros!
España está más adentro que nosotros y Málaga a casi
cuatro millas.
¿Cuántas veces os dije que era justa la lucha de la flota
republicana?
¿Cuántas que El
limonar nos contempla? Con columna de humo que asalta.
Madre, yo quiero templar en la lejanía tus entrañas de
azabache,
para que roces mi pelo hundido con tus lágrimas tras el
ataque.
Rasgué mi casaca de la Armada, cuando supe que más no te
vería.
Al viento he consagrado mis ansias de libertad, mi patria
y mi osadía.
La proa se inclina, vamos caídos a estribor y toda una
llamarada es mi voz.
La voz de los que perecemos, capitán, con la República en
mitad del corazón.
Demasiado vacío, madre mía, el que nos espera en la
profundidad.
Más de sesenta metros de coral anaranjado en forma de
eternidad.
Al frente, alcornoques, pinsapos, murallas rocosas y
cuevas marinas,
agallas de marineros valerosos, bravura que flota por
entre las encinas.
Madre, yo quiero despedirme de ti con claveles rojos y un
abrazo.
Vestido de ámbar y lila, como esa bandera que se asemeja a
una misiva.
Sin aire en los pulmones, herido por torpedo, mi esperanza
es memoria asida.
Prendido de tu vientre voy, rajado ya el casco, a tu útero
vuelvo hecho retazo.
Madre, diles que recuerden mi nombre cuando esté sumido,
cuando sea en el Mediterráneo burbuja latente y aire
compungido.
Y no me abandones ahora que oigo el eco de tus pasos,
enjuto.
En mis sienes, las olas cautivas, espuma de puertos y
marejadas.
Y yo descubriendo el tiempo que me engulle junto a mis camaradas.
Caminas de prisa por El
Palo como una niña transida de emoción y luto,
tras mi alma de hombre libre, tras la contienda que a tus
hijos retalla,
preñada de antorchas, campos hambrientos y frentes de
batalla.
Madre, yo tengo miedo de ahogarme sin verte de nuevo.
Madre, abrázame ahora que bajo los claveles sobrevivir
puedo.
(Basado en hechos reales)
Crónica de Francisco Romero Romero
Corrían mediados de los años setenta cuando aquel hecho, de pronto, ocurrió. Un suceso que, si bien al principio me marcó profundamente, con el tiempo fue desdibujándose en la memoria, como se diluye un azucarillo en el fondo de un vaso de café. Dicen que el tiempo lo cura todo. Quizá tengan razón. O quizá lo único que hace es envolverlo todo en una niebla espesa que nos impide mirar demasiado de cerca.
Tenía yo apenas catorce años, si no me falla la memoria. Para un chaval de
entonces, algo ingenuo, al que le gustaba escuchar a Camilo Sesto en su
Jesucristo Superstar o a Jarcha con su “Libertad sin ira, fue una experiencia
traumática, de esas que no se olvidan jamás, aunque uno lo intente.
Y ahora, el lector se preguntará: ¿Qué ocurrió? Lo iré desgranando con el
cuidado que permite un recuerdo cincuenta años después, ordenando las piezas
con la torpeza inevitable del tiempo.
Es curioso, si ahora le preguntase al lector qué conserva en la memoria de
sus catorce años, seguramente evocaría los primeros amores, los descubrimientos
de las emociones nuevas que entonces parecían eternas. Pero conviene hacer una
precisión, los catorce años de ahora no son los de antes.
No existía internet, ni móviles, ni televisión por satélite. No nos
encerrábamos en los dormitorios, porque ni siquiera teníamos televisión en
nuestro cuarto. Salíamos a la calle, buscábamos a los amigos por intuición y
costumbre visitando los lugares donde normalmente íbamos, y si no nos
encontrábamos, simplemente no nos veíamos. Era así.
En el setenta y cinco, setenta y seis, ya había aparecido la droga. Y con
ella, la tragedia. La heroína, no la heroína valiente de los cuentos, sino la
otra, la que llega en silencio y no se va jamás se coló en nuestras vidas. La
llamaban "caballo", y a muchos los abrazó con una fuerza traicionera
que nunca los soltó. Se llevó a varios de mis amigos. Sin ruido, sin gloria.
Éramos tres inseparables, apenas unos meses de diferencia de edad entre
nosotros. No mencionaré sus nombres por el respeto y anonimato que se le debe y
por si alguno, quién sabe, pudiera reconocerse en este relato. Los llamaré JCA
y FCR. El tercero soy yo.
Conocí a JCA unos años antes, cuando sus padres llegaron desde el Marruecos
español. Tuvieron que emigrar tras la muerte del dictador, cuando todo en
aquella tierra parecía volverse incierto para los españoles.
Lo conocí en el colegio público del pueblo, uno de los dos que había y
desde entonces fuimos inseparables. Él también fue parte de lo que estoy a
punto de contar. De hecho, cuando nos vemos, todavía recordamos aquello con una
mezcla de incredulidad y melancolía. Porque hay recuerdos que duelen, incluso
cuando se cuentan con una sonrisa.
FCR, nació en Persia, así se llamaba antes la República Islámica de Irán,
llegado con sus padres y una hermana huyendo del futuro que ya se vislumbraba
en su país. Se establecieron en Fuengirola, donde fundaron una pequeña
comunidad religiosa, la Fe Bahá'í.
Nosotros, chavales de barrio, no entendíamos nada de confesiones religiosas
ni de revelaciones. El padre de FCR nos hablaba de un solo Dios, de la unidad
de la humanidad, de los profetas.
“La tierra es un solo país y la humanidad sus habitantes”, solía decir.
Le escuchábamos por educación, más que por interés. Y con la menor excusa,
escapábamos al bullicio de la calle.
Pudieron haberse instalado en cualquier otro lugar, pero el destino quiso
que nos encontráramos y durante aquellos años, fuimos verdaderamente amigos. De
JCA conservo todavía el lazo, aunque más espaciado. De FCR no sé nada. Ni
siquiera si vive.
Y hay una cuarta figura en esta historia, JU.
Siempre pensamos que fue él quien desató todo lo que ocurrió. No era del
todo parte de nuestro círculo, pero se unía a veces. Su vínculo era FCR, o
mejor dicho, las familias de ambos.
Y ahora, al fin, el relato.
Era agosto de 1974. Calor seco. Media mañana de un lunes cualquiera. Yo
estaba solo en el local comercial que regentaba mi padre. Serían sobre las once
y media de la mañana cuando entró un hombre. Alto, serio.
¿Es usted Francisco R?
Me sorprendió aquel "usted", tan impropio para un chaval de
catorce años.
Sí, respondí.
Soy inspector de policía.
Evidentemente del nombre no me acuerdo pero sí hoy lo volviera a ver lo
reconocería de forma inmediata, moreno, pelo rizado con gafas metálicas doradas
y bigote con perilla. Lo estoy viendo cincuenta años después.
Confieso que sentí un vuelco en el estómago. ¿Qué querría la policía de mí?
Me hizo varias preguntas, con un tono correcto pero firme:
¿Dónde estuvo usted la noche del domingo al lunes?
¿Con quién estuvo?
¿Conoce usted a FCR?
Le contesté que había ido al cine con JCA, lo cual era verdad porque íbamos
todos los domingos y luego me fui a casa.
Los domingos por la noche solían emitir una serie que me gustaba mucho,
Curro Jiménez.
Le aseguré que JCA también regresó a su casa. Y sí, sí conocía a FCR, pero
hacía semanas que no lo veía.
La policía sabía de la amistad entre JCA, FCR y yo, o al menos de nuestra
cercanía. El inspector me pidió que acudiera a comisaría con mi padre ya que yo
era menor de edad. Todo el tiempo fue correcto, lo reconozco, aunque el susto
no me lo quitó nadie.
Le pregunté qué ocurría. Por qué me preguntaban por FCR. Y la respuesta me
dejó sin palabras. Bloqueado.
Esta noche, en el olivar de la calle…detrás de la oficina de Unicaja ha
habido un asesinato. FCR está detenido. Había dicho que JCA y yo éramos amigos
suyos lo que evidentemente era cierto.
El inspector, aparentemente satisfecho con mis respuestas, se despidió. Lo
hizo con la misma corrección con la que había llegado, pero no sin insistir una
vez más en que debía presentarme con mi padre en la Comisaría de Policía.
Tan pronto abandonó el local, llamé a mi padre para contarle lo que había
ocurrido. También llamé a JCA quien me dijo que igualmente habían estado
hablando con él y le dieron el mismo consejo, que acudiera con su padre a
Comisaría.
No pasó ni media hora. A mediodía ya estábamos allí los cuatro: dos
adolescentes y sus padres, atravesando el umbral de la comisaría con el corazón
en un puño y un montón de incógnitas apretando la garganta. Lo cierto es que,
para entonces, FCR ya había aclarado que, aunque nos conocía, ni JCA ni yo
teníamos nada que ver con los hechos.
Pero la gran pregunta persistía, enorme, pesada como una piedra.
Es aquí cuando entra en escena JU.
Como conté antes, JU no era exactamente nuestro amigo, pero flotaba
alrededor de nuestro grupo por la relación que mantenían las familias. Lo que
no podíamos imaginar es que ese vínculo escondía una ponzoña silenciosa. JU,
según supimos después, iba llevando chismes, insinuaciones, comentarios velados
al padre de FCR por su comportamiento..
Gotita a gota, día tras día. La severidad del padre, férrea, inflexible,
innegociable, convirtió aquella convivencia en un imposible.
La rectitud del padre de FCR, sí, y digo bien, exclusivamente del padre,
porque a decir verdad, de las veces que estuve en su casa se veía claramente
que quien tomaba las decisiones, por decirlo de alguna manera, era el padre,
haciendo que entre FCR y su padre aumentase una tensión que terminó por que FCR
un día, sencillamente, se fue.
JCA y yo sabíamos lo que había pasado. Nos lo había contado él, entre
frases entrecortadas y gestos de impotencia. Pero lo sorprendente fue lo que
ocurrió después.
Como si nada hubiera sucedido, quedamos un día los tres, como tantas veces
en el pasado.
La cita era la misma, pero FCR… no.
Vestía con ropa cara, hablaba con desparpajo y empezó a presumir de dinero.
Nos invitaba con generosidad inesperada.
Nosotros, asombrados, no sabíamos qué pensar. Lo conocíamos demasiado bien
como para creernos aquel nuevo personaje, pero no preguntamos. Quizás por
lealtad. Quizás por miedo a escuchar una respuesta incómoda.
Más tarde, cuando todo estalló, FCR explicó a la policía lo que había
vivido tras abandonar su casa. Contó que, empujado por los chismes, esa forma
insidiosa de violencia que destruye desde dentro, se refugió en un hombre que
solía pedir limosna en la puerta de la iglesia a las salidas de misa. Un
mendigo. Se fue a vivir con él.
No diré más. Prefiero dejar a la imaginación del lector lo que pasó en
aquella convivencia improbable entre un adolescente herido y un marginado con
rostro curtido por el tiempo. Yo, al menos, nunca me atreví a preguntarle nada
cuando lo volví a ver años después, ya libre, tras cumplir condena primero en
un correccional de menores y luego en prisión.
Lo único que supe, porque él mismo me lo confesó, fue cómo ocurrió todo.
FCR se dio cuenta, con el tiempo, de que aquel mendigo no era tan pobre
como parecía.
Manejaba cantidades de dinero que no se correspondían con su aspecto.
Una noche, junto a otra persona, decidieron asaltarlo. Lo esperaron en el
olivar que hay detrás de Unicaja. Y fue allí donde todo se torció.
De las andanzas de su compañero de fatigas hablaré en otro relato ya que
según él me contó protagonizó motines de los que a finales de los setenta se
producían antes en las prisiones. Hoy ya no se producen,
Según me dijo, las cosas se salieron de control. Las intenciones eran
otras, pero el mendigo acabó muerto.
La mala suerte de FCR o tal vez su destino fue que aquel hombre guardaba
una fotografía suya. Una simple imagen. Pero suficiente.
La policía tiró del hilo, y el resto… ya lo conocen.
Hace poco, con ayuda de las redes sociales hice algunas gestiones para ver
si podía contactar con él, de saber cómo le va pero parece que la tierra se lo
ha tragado ¿Quién sabe?
Quizás sea verdad pero he de confesar que después de tantos años sin saber
de él sí quisiera saber si llegó a rehacer su vida, si tiene familia, hijos o
si acaso murió.
EN OTRO LUGAR
Un poema de Gloria Ramírez Trillo
El día se
estremece
vapuleado
por el viento
El sol se
pasea por los senderos del mundo
ignorando
que los árboles
temen perder
sus hojas
y con su
mágica varita de luz
transforma
el caos
en una
mañana esplendorosa.
Son las doce
y las campanas
de la
cercana iglesia
revolotean y
bailan
inundando el
aire
de sonidos
alegres
porque hoy
es fiesta.
Tengo la dicha
de vivir este momento
de paz y de
armonía.
Pero un
sabor amargo me viene a la garganta,
Me siento
culpable.
Disfrutar de
esta belleza
me produce
dolor y desconsuelo,
porque no
puedo olvidar
que en otro
lugar
en este
mismo instante
unos hombres
malvados
están
matando NIÑOS
El Elefante y el Senador Podrido
Antonio Caparrós Vida
(Cualquier parecido con la realidad será
pura coincidencia)
EL ELEFANTE (sesentón, tipo gigantesco, sanchopancista, grosero, soez, ácido, desagradable, malafollá, malaje… respondiendo a una llamada telefónica). - ¿Sí?
EL SENADOR PODRIDO (setentón, traje de calidad, encorbatado, repeinado hacia atrás, engominado, de apariencia formal, de aspecto curil, vaticanista, opusdeísta tal vez, melifluo).- Oye, Elefante, ¿te ha llegado carne fresca latinoamericana? Sí; tipo cubanita o colombiana a ser posible con pitones pequeños, pezones grandes…, ah y de pocas arrobas, ligerita de peso…, manejera y morena de piel, incluso una negra me vendría bien. Sí…, es que tenemos un congreso extraordinario del partido en el hotel Ritz…, y ya sabes: necesitaré un rato de relax después de semejante coñazo… Y, por favor, que esté “limpia”; ya sabes a qué me refiero.
EL ELEFANTE.- ¡Hola Gervasio! Pues sí, me ha entrado buen género esta última semana; buena carne tierna como a ti te gusta, “bocatti di cardinale”. Pero te va a costar una pasta, ya te lo advierto. Tú dirás.
EL SENADOR PODRIDO.- ¿De cuánto hablamos? Tampoco te pases, que te conozco.
EL ELEFANTE.- De 600 pavos por noche.
EL SENADOR PODRIDO.- Está bien, envíamela a la habitación 604. Ya me las arreglaré con el tesorero del partido. Ah, se me olvidaba: me la traes con lencería roja, eh.
EL ELEFANTE.- Allí estará a las 24:00, ¿ok?
SENADOR PODRIDO.- Ok.
AÑORANDO EL MAR
Gloria Ramírez Trillo
Este verano tengo lejos el mar.
Lo adivino y lo huelo
cuando el aire deposita en mi cara
un soplo desvaído de su aroma.
No lo quiero olvidar.
Ni el temblor ondulante
de su manto azulado.
Ni la bruma lechosa
que se enreda en mi pelo.
Ni el rumor cadencioso de los chinos,
revueltos en la orilla por las olas dormidas,
o el ronco estruendo embravecido
cuando azota el Levante.
Lo sueño solitario y alegre,
como cuando era niña.
Sus aguas transparentes y frias.
El copo palpitante y plateado
que sacaban con tanto esfuerzo
los rudos hombres de la mar.
Las conchas que alfombraban la arena.
La ausencia de sombrillas.
El cobijo que nos daban las barcas
para dormir la siesta.
HEREJE
Un
microrrelato de Belén Conde Durán
12 de abril de 1633
Me
dicen que me siente, y que me calle. Que silencie una verdad que me quema en
los labios, y que amenaza con desbordarse en mi pecho. No soporto la
injusticia, ni tampoco la soberbia humana. Podrán arrojarme a las llamas como
hicieron con Giordano, pero la verdad se abrirá camino, igual que lo hace un
río cargado de agua.
El
cardenal Belarmino me acusa de hereje. Según él, en nombre del antiguo Papa.
Con Urbano VIII esto no habría ocurrido. Se niegan a aceptar la realidad; ¿de
qué tienen miedo? ¿Acaso creen que Dios perderá magnificencia si admiten la
certeza, o quizás los que queden malheridos sean sus egos?
Aunque
les pese, lo que dijo Kepler es cierto, palabra por palabra: las mismas leyes rigen
en todo el Universo. Lo que dijo Copérnico también, aunque inexacto. Piden
pruebas, y yo se las ofrecí. Se negaron a leer mis Diálogos,
y los jesuitas rechazaron utilizar mi anteojo de nueve aumentos, aunque les
mostrase las lunas de Júpiter y las fases de Venus. Ya se sabe que no hay peor
ciego que el que no quiere ver.
22 de junio de 1633
Me
dicen que no sea necio. Que salve la vida, para seguir demostrando que están
equivocados. Quizás ahora no lo aprecien, pero llegarán otros que sí, y es mi
deber dejar constancia. Tengo 70 años y voy a ir a la cárcel de todas formas.
Me hierve la sangre ante la idea de retractarme de mis palabras. No por
orgullo, sino por aquellos que estaban empezando a creer. No somos el centro
del Universo, mal que le pese al hombre. Dios no tiene nada que ver con esto.
Dios, de hecho, permanece en silencio, permitiendo que sigamos adelante con
este sinsentido. Todo son invenciones humanas…
«Yo,
Galileo Galilei, acepto no volver a defender ni enseñar de ninguna manera, ni oralmente ni
por escrito, lo que pregoné con falsas creencias, las cuales sostenían que el
Sol está en el centro del Universo, inamovible, y que la Tierra no está en el
centro, y se encuentra en movimiento. Juro que en el futuro ni diré ni afirmaré
cosas tales que puedan atraer sobre mí sospechas semejantes, y denunciaré a
cualquier hereje o sospechoso de serlo.»
Ya
está hecho. Mi cuerpo, salvado. Mi conciencia, desgarrada.
Pero no podrán detener la llegada del amanecer, porque, a pesar de
todo, se mueve…
EL MAR
Un relato de Jose
Gutiérrez Soler
El mar, ese cúmulo de sensaciones antediluvianas, ese cortejo
entre vida y muerte, esa vasta inmensidad que provoca locura y asombro por
igual. El mar, la mar, mar. Indescriptible lo que cada uno siente más que para sí
mismo, puzzle sin fin de lágrimas y risas ahogadas por la sal.
Desde los tiempos donde no había lenguaje hasta el fin de
nuestra estirpe, el mar ha sido, y será una incógnita perenne e inamovible, una
fuerza que nos arrastra a temeridades inscritas en nuestro ser, un espíritu
indomable que nos pone en nuestro sitio, nos hace ser humildes y precavidos,
pues los que no escuchan la advertencia de espuma y sal, sin remedio dejan de
preocuparse por cuestiones mundanas y terrenales.
Incompletas son las explicaciones filosóficas y románticas las
de la poesía, para cada cual, es una bestia o un amante insaciable, ya que
aunque nos da mucho más de lo que exige, su precio es definitivo y vacía es la
negociación, cuando el mar quiere algo, lo consigue.
Como en nuestras pesadillas, en él viven criaturas de otros
planetas del conocimiento, seres más allá de la comprensión o aceptación
humanas, con propósitos más cercanos a las reglas del universo que a nuestra
torpe y primitiva concepción de la vida. Sus misterios serán ocultos por
siempre, no somos dignos de vislumbrar su completo poder de concepción. El mar
es un dios primigenio y atemporal, pues estaba aquí antes de nuestro tiempo y
estará al acabar nuestro último grano de arena de ese reloj que no paramos de
intentar romper.
Por ello yo te lloro, pues veo lo que los míos te hacen día a
día, con nuestras vidas consumidas en un suspiro, te condenamos por milenios.
Así cederemos sin remedio a tu voluntad y a tu inminente castigo de hambre y
dolor.
¡Ya tenéis el número 07 (Julio 2025) recién editado en la publicación mensual que hacemos de forma digital y física en papel!
Podéis leer el fanzine online, aquí mismo o descargarlo en PDF para leerlo en la tablet, o en el ereader o en vuestro móvil, en vuestros dispositivos favoritos.
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AJUSTE DE CUENTAS
Obra de teatro en un solo acto,
por Antonio Caparrós
(Se abre el telón. Suena la Cabalgata de
las Walkirias, de Wagner. Frente al ordenador sobre la mesa de una oficina, un
individuo enchaquetado mueve una ficha de ajedrez. Se supone está jugando, a
través del teléfono con alguien. Plantas, una radio en un lugar visible,
cuadros sobre las paredes, una silla junto a la mesa, etc. Puerta en el tercero
derecha. Suena un timbre.)
DON
HORACIO.- (Diciéndole a su interlocutor telefónico.) Disculpa, Alejandro, ahora
te vuelvo a llamar. (Abriendo un interfono y comunicándose con su secretaria
Sonido de interfono.) Margarita: le he
dicho bien claro que no quiero que me molesten. Estoy muy ocupado con un asunto
importante, ¿quién quiere verme?
VOZ
EN OFF DE LA SECRETARIA.- Disculpe, don Horacio, es Rosa María, la responsable
de comunicaciones de la empresa que acaba de ser despedida. Me dice que quería
decirle adiós, ¿le digo que pase?
DON
HORACIO.- ¿Rosa María… de comunicaciones? Bien, sí, dígale que pase.
(La
Secretaria abre la puerta y cede el paso a
una chica bien vestida, como corresponde a un alto cargo de
responsabilidad de una multinacional.)
ROSA
MARÍA.- ¿Me permite, don Horacio?
(DON
HORACIO, con una falsa sonrisa.)
DON
HORACIO.- Pase usted…, Rosalía… pase y tome asiento, por favor.
ROSA MARÍA .-
Rosa María, don Horacio… me llamo Rosa María.
DON
HORACIO.- ¡Ah, sí! Rosa María… eso es:
Rosa María. Verá usted, el caso es que me coge en un mal momento. Estaba
ocupado en un asunto muy importante para la empresa y tengo poco tiempo.
ROSA
MARÍA.- No se preocupe, don Horacio, solo venía a decirle adiós y a desearle
buena suerte.
DON
HORACIO.- ¡Ah ya!, ¿buena suerte para mí? Lo dice usted por lo de su despido.
No sabe cuánto lo siento. Sabe que las cosas están muy mal y los beneficios de
la empresa se han reducido considerablemente. Comprenderá que nos hemos visto
obligados a despedir a parte de nuestro equipo humano para equilibrar los
gastos, espero que lo comprenda.
ROSA
MARÍA.- Podría entenderlo, don Horacio, si no fuera porque soy una mujer con
cuatro hijos, un marido en el desempleo
y una hipoteca que paga. Además, ¿por qué a mí si, por el mismo trabajo
que hace un compañero en la empresa, me pagaba usted hasta un veinte por ciento
menos del salario?
DON
HORACIO.- Bueno Rosalía… (Ella le interrumpe de nuevo.)
ROSA
MARÍA.-: Rosa María, don Horacio, Rosa María.
DON
HORACIO.- Disculpe de nuevo, Rosa María…, pero deberá comprender que una mujer
no tiene el mismo nivel de ocupación y preocupación que un hombre en esta
empresa. Además, añada usted lo de los embarazos, lactancias, bajo rendimiento
por trastornos menstruales, la tendencia a perder el tiempo charlando en
cuestiones ajenas a nuestros intereses comerciales, etc. (Se dirige hacia su
mesa y saca de un cajón un informe.), ¿sabe usted cuánto tiempo invirtió en
llamadas telefónicas desde su móvil en el interior de los aseos femeninos?
ROSA
MARÍA.- ¿Será posible, don Horacio, que me haya controlado usted hasta en esos
espacios tan íntimos?
DON
HORACIO.- Sé todo lo que debo saber, Rosalía…
hasta 6 horas, invirtió el ejercicio pasado en hablar por su teléfono
móvil. Además estuvo de baja siete días, según estos informes.
ROSA
MARÍA.- Cierto, don Horacio. Fue por mi hijo pequeño. No tuve otra opción…
(Se
entristece, casi al borde del llanto.)
DON
HORACIO.- Perdone, señora, ya le he dicho que tengo poco tiempo. Le deseo
suerte. Lo siento mucho, pero esta crisis nos afecta a todos. Muy buenos días.
(Se levanta de su asiento y le tiende la mano,
en clave de despedida.)
ROSA
MARÍA: (Levantándose de su asiento y adquiriendo un tono de voz duro y
desafiante, cambiando su actitud anterior, cogiéndole con fuerza de la corbata,
atrayéndolo hacia ella con ira.) Adiós, payaso de mierda. (Le escupe en la
cara, empañándole las gafas.) Y enciende
la radio… porque a todo cerdo le llega su San Martín. Te espera una agradable
sorpresa, cabrón. (Se marcha.)
(El
DIRECTOR, DON HORACIO, noqueado por lo que acaba de experimentar, echa mano al
bolsillo de la chaqueta, saca un pañuelo y comienza, lentamente, a limpiarse
las gafas al tiempo que se dirige a la radio y la enciende.)
VOZ
DE LA LOCUTORA DE RADIO.- Como venimos informando desde las nueve de la mañana,
el máximo responsable de la multinacional “Demoliciones Kuwaitíes”, Mohamed Alí
Moktar, ha sido detenido en Brasil acusado de estafar miles de millones de
dólares. Lo que supone el cierre inmediato de sus filiales no solo en el
continente americano, sino también en el europeo. Se calcula que serán
despedidos alrededor de cien mil trabajadores, incluyendo sus cuadros
directivos. Solo en España se verán afectados cinco mil…
(Apaga la radio, la luz va disminuyendo
hasta quedarse a oscuras y cae el TELÓN mientras suena el tema “Money” de Pink
Floyd.)
"RELATOS"
Canción por Fran Desdecero
(Estribillo)
Y aunque el tiempo pase, mira dónde estamos,
al fondo de la clase, mis primeros pasos,
escribiendo sin la base, lo encajaba to' en mi cuarto.
Pa’ ti son compases, pa’ mí son relatos.
(Estribillo)
Y yo tengo mil demonios conspirando.
Aunque tuve buena letra, nunca tuve tacto.
Conservo la pasión; no tengo fama ni contactos.
La gente se acerca pa’ no sé qué colabo,
y yo paso.
Yo sigo mi camino, yo no busco enemigos.
¿Ya no te acuerdas de todos esos himnos?
Un "subío" de mierda, tu rapero favorito.
Yo no soy rapero, no aparento prototipo.
Me avala mi palabra y to’ lo que escribo.
Me podían las ganas, no pillaba el ritmo.
El culpable siempre vuelve
a la escena del delito.
Sigo haciendo lo mío como quiero.
Solo me comparo con el loco del espejo.
Las ganas de rapear ganan los complejos.
¡Mira, papá! En esto gasto to’ mi tiempo.
ESTRIBILLO
Y yo vengo de donde nadie confiaba,
donde muchos se burlaban
y muy pocos te ayudaban.
Lo poco que tenía en grabar me lo gastaba.
Tantos años después, no era una moda rara.
Dejo pasar trenes y ninguno me interesa.
Aparto paranoias que me nublan la cabeza.
Siempre ando solo porque nadie me espera.
Dicen que cambie de estilo, que el rap no se vende.
¿Yo soy libre sin dinero, como el Torta, me comprende’?
Sin tirar a nadie,
me rodeo de buena gente.
El día que me muera, esto se queda pa’ siempre.
Sigo haciendo lo mío como quiero.
Solo me comparo con el loco del espejo.
Las ganas de rapear ganan los complejos.
¡Mira, papá! En esto gasto to’ mi tiempo.
ESTRIBILLO
GITANO Y ROMANÍ
Ensayo por Rafael Jiménez
(Texto histórico)
Dios le dijo al gitano: caminarás por la tierra para que los demás entiendan que lo más importante es la familia, el amor y la libertad. A través de ti el mundo verá el verdadero valor del ser y no el tener. Los hizo fuertes para sobrevivir al frío, al hambre, a la represión. Y Lorca, el poeta que los fotografió con palabras, los hizo "volar sobre el tiempo flotando como un velero".
De su dolor sacan un canto hastío. Dios omnipotente les dio la herencia de la omnisciencia (el que todo conoce). Por eso el gitano vuela sobre las tierras de las civilizaciones, entiende todos los idiomas pero habla sólo su dialecto. Su lengua es el arte. "Si vinieran los gitanos harían con tu corazón collares y anillos blancos".
Roma es el término adecuado para referirse al pueblo romaní. Una reciente investigación que ha contado con la participación de dieciocho centros, entre ellos la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona), prueba que sus orígenes los sitúan en Punjab y Rajastán (actuales Pakistán e India) y que datan de mil quinientos años. Los genomas indican que los romaníes "calós"(los que se asentaron al norte de África y la Península Ibérica) presentan un nivel elevado de endogamia, lo que significa que trataron de preservar su sangre conforme iban alejándose de su tierra.
La entrada oficial a España en 1425 bajo el reinado de Aragón se desmiente, probándose que entraron más de doscientos años antes por el norte de África. Entonces los migrantes romaníes ya tenían mezclas con tribus bereberes, en concreto los "amazigh"; siendo nómadas y teniendo entonces una cultura distintiva, con místicos arraigos. Era el auge de los almohades, que se expandieron del sur de Marruecos hasta la península, en un contexto de reinos taifas.
El gitano no quiere dejar rastro, como todo aquel que huye. Por eso su cultura es ágrafa, huye de documentos y se mueve por el habla. Eso los lleva a su mística idiosincrasia: "El gitano es lo que más eleva, lo más profundo, lo más aristocrático de mi país", introducía Federico en su Romancero.
En la bandera romaní, el símbolo de la rueda no representa sus carretas migratorias, como se puede dar a entender, sino el chakra del gitano. Mismamente la palabra gitano viene de "egiptano", procedente de Egipto. Un pueblo camaleónico por supervivencia. Pues el gitano no entiende de documentos, no le interesa perseguir ni ser perseguido. No deja rastros pero sí huellas.
Resistieron a las guerras persas, otomanas y varias cruzadas. En el Reino de Fernando VI fueron torturados por el marqués de Ensaimada, prohibiéndose sus costumbres y obligándoles al mestizaje. Por supuesto, esclavizados en las galeras españolas para las expediciones americanas. Tampoco se libraron del holocausto nazi y fueron exterminados más de diez millones.
Solo en España se componen de un millón, sin contar los mestizos. En el planeta habitan veinte millones, como mínimo, aunque los datos oficiales siempre minimizan. Si ocuparan un territorio para formar una nación/estado, esta estaría entre las cincuenta más habitadas de la esfera. Pero su encomienda astral fue caminar por la tierra promulgando la pobreza del poseedor, pasando por todos los pueblos, sin que sus almas pudieran ser sometidas.
"Oh ciudad de los gitanos, quien te vio y no te recuerda, ciudad de dolor y almizcle con las torres de canela". "La ciudad está libre de miedo". El gitano tiene el don del asentamiento, del lenguaje oral, de caminar errante y de vencer el miedo de los tiranos.
Si Dios le encomendó al gitano caminar por el mundo para enseñar que lo más importante es la familia, el amor y la libertad; creo que este cumplió con mil quinientos años firmando con su palabras (para ellos lo más importante). A fin de cuentas los romaníes nunca tuvieron tierras, en cambio fueron y son el pueblo más libre.
LOS OJOS
Prosa libre de Sara G.D.R. Art
Los ojos, esos cofres de secretos y lamentos, frascos traslúcidos invadidos de emociones calladas.
Los ojos, esos canallas delatores que hablan sin pedir permiso. Ellos albergan todo el ruido que se mece en mis incómodos silencios.
Todo lo que soy incapaz de decirte.
Ellos, siempre tan traicioneros, me desnudan cuando menos quiero, cuando más deseo que no descubras mis misterios.
Os recordamos que ya tenéis listo el fanzine completo de junio 2025, número 6. Podéis acceder a él, leerlo online o descargarlo para que podáis leerlo en vuestos ereaders o incluso imprimirlo.
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EL PÁJARO DE JUGUETE QUE VOLABA
Basado en hechos reales. Fran Kapilla
Con diez años, estuve viviendo en París un tiempo, la paradigmática ciudad, la ciudad de la luz, la ciudad donde los problemas callejeros y la belleza se dan la mano. Mi padre, que se había criado en Francia, nos llevó un tiempo intermitente allí, yendo y viniendo según temporada, según había colegio o vacaciones y según él tenía más o menos trabajo. Fue en el plazo que duró su trabajo. Esos años influyeron en mí de manera decisiva. Mi estancia allí, en aquel tiempo, fue entre 1990 a 1993, como dije, intermitentemente, aunque después he regresado otras veces, de vacaciones y para filmar un largometraje independiente que hice entre Málaga y París, en fin, otros recuerdos preciosos en la capital francesa.
Pues, como comentaba, hace poco me vino al recuerdo una anécdota, un regalo que me hizo mi padre que tuvo un final curioso. Un juguete que me compró un día normal, en un paseo cualquiera, a un vendedor ambulante. No era un juguete caro, ni previsto para ninguna fecha especial, pero fue un juguete que nos hacía gracia usarlo cuando íbamos de paseo. Era un pájaro de plástico capaz de volar. Era de plástico blanco y las alas tenían varias líneas de colores. En la cola, había una pequeña manivela por donde se le daba cuerda interna. Cuando llegaba al máximo, al soltar la manivela, el pájaro batía las alas con mucha rapidez y si lo soltabas, salía volando hacia adelante.
Creo que este juguete se puso de moda en Francia en los años 80 porque años más tarde, los vi en una película de esa fecha, ambientada en París. Supongo que en algún momento dejaron de venderse, o bien por pasotismo de la gente o bien porque provocaron algunas molestias entre transeúntes o vehículos, ya que el pájaro salía volando y no había manera de controlarlo.
Tenía un pico pequeño de goma, pero mi padre le pegó un trozo de goma más grande, que servía mejor de paragolpes, así que pico del pájaro que era pequeñito, pasó a ser largo, parecía el pico de "Curro" la mascota de la expo 92.
Un día, mi padre y yo echamos a volar el juguete desde nuestro balcón, que aunque era un segundo piso, era muy alto, de casa antigua, así que podría ser como un tercer piso de las casas de ahora. Hoy día es impensable hacer eso, pero en aquella época, a la gente no le importaba tanto e incluso en una mega ciudad de más de dos millones de habitantes ya en esa época, cuando un transeúnte veía caer el pájaro, era capaz de devolvérnoslo.
Como decía, desde esa altura, el pájaro salía volando hasta el final de calle. Batía sus alas violentamente haciendo un ruido que asustaba a los pájaros y palomas auténticos que estaban por la zona. Cuando llegaba hasta el final, se estrellaba contra alguna pared y había que ir a recogerlo. Muchas veces, alguna persona desconocida lo cogía y amablemente nos lo devolvía. Estuvimos jugando un rato, unas veces lo tiraba él y yo lo esperaba al final de la calle, otras veces lo tiraba yo y mi padre lo recogía y otras veces lo tirábamos juntos.
El caso, es que aquel verano (creo que fue el del año 90) jugamos mucho con el pájaro. Lo echábamos a volar en casa, en nuestra calle que estaba en el barrio Batignolles en el distrito 17. Aunque parezca mentira, en los años 90, las calles de París eran más o menos como las de Málaga, se podía aún jugar en las calles. Hoy es imposible en ambas ciudades.
También jugábamos con el pájaro en el parque de Luxemburgo, al que nos encantaba ir por la tardes, los fines de semana. A veces, nos arriesgábamos a echar a volar el pájaro desde una punta a otra de la conocida fuente Médici de aquel mismo parque. Esa fuente es una especie de estanque canal, con adornos barrocos esculpidos y esculturas. El peligro que tenía aquella fuente es que si el pájaro caía en el canal de agua, era prácticamente imposible recuperarlo. Pero aún así nos arriesgábamos, lo lanzábamos con fuerza y el pájaro llegaba al otro lado aleteando.
Al cabo de unas semanas, volvimos al parque de Luxemburgo, y volvimos a jugar lanzando el pájaro por encima de setos, entre las ramas de los árboles, por encima de las sillas de auditorio vacío, y también sobre la fuente de los Médicis. Lancé el juguete con fuerza desde la barandilla de piedra de la fuente y el pájaro voló sobre el estanque de agua pero casualmente, el viento lo desvió hacia un lado violentamente y el pájaro se estrelló contra la fachada donde están las estatuas, quedando justo detrás de la cabeza de la escultura de una mujer con vestimenta griega. El pájaro había quedado atrapado, boca abajo, entre la pared y la nuca de la escultura. Parecía que de la cabeza de la mujer le salía un ala y de un hombro le salía otra; ahora que lo pienso, era gracioso, pero en aquel momento me dio pena que el juguete se quedase allí.
Mi padre intentó tirarle piedrecillas, para ver si caía hacia algún lado, pero no había forma. Tampoco era posible llegar con la mano, ni subirse a la barandilla. Creo que incluso con una escalera normal no se hubiese llegado, habría hecho falta una escalera enorme, como las de los servicios del ayuntamiento. Mi padre me recomendó que esperásemos a un día de lluvia o viento, que quizá eso empujaría el pájaro hasta el suelo.
El pájaro estuvo allí un montón de tiempo, años. Nadie lo cogía, ni un guarda forestal o del servicio de limpieza municipal, ni ninguna otra persona. De hecho, estuvo tanto tiempo el pájaro allí escondido tras la cabeza de la estatua, que a veces he buscado en internet por si existen fotos de algún turista, pero no he encontrado, ¿quizá nadie se dio cuenta?
Estuve viendo el pájaro unos meses, cada vez que pasaba por la zona, y pese a la lluvia o los días de tormenta, nada lo sacaba de allí. Mi padre dijo que me compraría otro, pero la moda pasó rápido y ya no se encontraba ese artilugio por ningún lado. Tampoco me preocupó mucho, porque siendo sincero, me olvidé del pájaro al poco tiempo. Había otros juguetes físicos o informáticos, como los videojuegos, otros estímulos de la época.
El pájaro no pude recuperarlo nunca. Su pérdida no supuso demasiado, aunque ahora lo recuerdo con nostalgia, sobre todo por la época y por los ratos con mi padre. Pasó el tiempo y poco después nos marchamos a España.
Fue recientemente, hace pocos años, que me vino a la memoria esta anécdota, cuando vi aquella película francesa antigua donde salían esos juguetes volando en el centro de París, a manos de un vendedor ambulante; era una comedia con Miou Miou y Gerard Lavin de 1981; o sea, que los dichosos pájaros de juguete ya existían desde mucho antes.
Y ahora que ha pasado el tiempo, mientras escribo este recuerdo... reflexiono: ¿seguirá nuestro pájaro detrás de la cabeza de la escultura en la fuente Médicis? La lógica me dice que no (porque además he visto fotos actuales de esa zona y no veo indicios del juguete), pero pese a que la lógica y la razón de adulto me dice que ese trozo de plástico ya no estará allí, que lo habrían tirado a la basura en algún momento, lo que queda de niño en mi interior, las neuronas de la nostalgia por el pasado, me susurran: "oye Fran, que quizá sigue allí". Si un día regreso y veo que no está, pensaré que una corriente de viento muy fuerte consiguió sacarlo de donde estaba y lo elevó por los aires de París en un último vuelo.
Nota:
Este escrito no es un relato imaginado, está basado en hechos reales. Fran Kapilla.