LA PLUMA SIN TINTA

Bienvenidos a este rincón donde literatura y otras artes se dan cita como fanzine digital y en papel.

7 de febrero de 2025

El Sosias. Relato.

 


José Miguel de la Torre.
Instagram: @descubre.cine

Vivía en el centro de la ciudad portuaria, en el número 6 de la calle Alejandría, la cual había sufrido una inaudita gentrificación. Mi identidad permanecía a salvo, tras haberme apropiado del nombre del antiguo inquilino, que sonaba demasiado excéntrico en aquellas latitudes: Xoel Ferreira Domonte. Ni siquiera me molesté en retirar su desgastada placa identificativa del buzón, lo que hacía que jamás me llegaran las cartas y, en consecuencia, me demorara en el pago de mis facturas.

La idea de adoptar otro nombre me sobrevino la mañana en la que me cité con el casero, quien me preguntó, muy convencido, por mis ancestros gallegos. En el contrato de arrendamiento aún figuraban los apellidos del anterior inquilino y, aunque pensé en rectificar el error antes de estampar mi firma, finalmente decidí no importunar al casero, que se afanaba en buscar la llave del inmueble en los bolsillos interiores de su chaqueta. La ventaja más valiosa que me confería el nuevo nombre era, sin duda, la invisibilidad. Nadie lograría dar con mi paradero. Mi identidad sería la de otro y todo lo que derivase de mis propias acciones, buenas o malas, recaería en el verdadero Ferreira Domonte y no en mí, que solo era un pobre diablo.

El apartamento me agradó nada más entrar, sin haberlo apreciado en toda su amplitud ni habiéndome cuestionado siquiera los motivos ocultos tras su pírrico precio de alquiler. El salón se extendía ante mí, dominado por dos enormes ventanales que, según me comentó el casero, me proporcionarían luz incluso en las brumosas mañanas de invierno.

Me arrellané en el sofá de escay negro, dando por hecho que pasaría allí la mayor parte de las horas de mi futuro inmediato. Imaginé un horizonte plagado de proyectos, y ya acariciaba con los dedos el instante en que contaría con un empleo que me permitiría vivir sin preocupaciones.

—¿Dónde hay que firmar? —inquirí con ojos centelleantes.

—Debajo de su nombre, por supuesto —replicó el casero, mirándome desconcertado.

Sostuve el bolígrafo y, con un leve movimiento de muñeca, me adueñé del apartamento y de la identidad del anterior inquilino, sin sospechar aún las nefastas consecuencias.

—Ahora le pasaré un listado con todo el mobiliario presente en el momento de la entrega de la llave. También debe firmarlo —señaló el casero, ansioso por finalizar la transacción.

De repente, sonó un ruido atronador que provenía de la cocina, parecido al barritar de una manada de elefantes furiosos.

—No se preocupe por eso. Mañana le mandaré a alguien para que se lleve el frigorífico e instale uno nuevo —aseguró el casero, ya con un pie en el quicio de la puerta principal.

—Confío en que cualquier incidencia quedará cubierta con el precio que hemos acordado —comenté, con tono amable pero exigente.

El casero asintió con fingida convicción, mientras se guardaba en el bolsillo de su chaqueta el pago en efectivo del primer mes de alquiler y otro mes extra de fianza. A partir de entonces, lo que sucediera en el apartamento ya no le concernía.

Contemplé la llave sobre la palma de mi mano, hechizado por su brillo, antes de dejarla en una estantería, y me dispuse a disfrutar de la recién conquistada soledad. Lo primero que hice fue asomarme por uno de los ventanales y observar el trasiego de gente por la calle Alejandría. Enseguida me llamó la atención la terraza de un lujoso restaurante, atendida por cuatro camareros —dos hombres y dos mujeres— y un encargado que supervisaba las labores de sus subordinados con escrupulosa atención. Todos, a excepción del encargado, que vestía ropa de calle, lucían impolutos uniformes blancos y chalecos negros. Se movían con diligencia entre las mesas y, por lo que pude percibir, estaban capacitados para comunicarse con los clientes en, al menos, cinco idiomas. Ellas llevaban el cabello recogido en la nuca en forma de moño, y una fina capa de maquillaje acentuaba sus rasgos raciales. Ellos eran delgados y de rostros circunspectos.

Me fijé en el camarero de más edad tras verlo guiñar el ojo a un guitarrista callejero que pasaba por allí. Pronto descubrí que ambos compartían la misma zona de trabajo: el camarero servía en la terraza del restaurante y el guitarrista interpretaba canciones de “Triana”, la legendaria banda andaluza. Los clientes, en su mayoría turistas procedentes de cruceros, no escatimaban sus monedas, convencidos de estar escuchando la música típica de la ciudad portuaria.

En la calle Alejandría se ubicaban dos establecimientos más: un restaurante especializado en carnes a la brasa —El Ascua— y un pub —Luz de Luna— que aún estaba cerrado. El ir y venir de los músicos callejeros me mantuvo distraído durante media hora. Cerca del guitarrista había un joven ataviado con el traje de luces, que ejercía de estatua humana. Unos pasos más adelante se colocó una señora encopetada que comenzó a interpretar la célebre “Habanera” de la ópera “Carmen”. Por último, un saxofonista se apostó en el soportal del número 6, fumando un cigarrillo mientras esperaba su turno para deleitar a los comensales con sus románticas melodías.

Traté de encontrar el lado positivo, pensando que ya nunca más necesitaría un dispositivo electrónico para escuchar música. La tendría en vivo y en directo, día y noche, lo deseara o no, frente a los ventanales de mi apartamento. Pero esa no fue la única sorpresa para mis oídos. Las campanas de la catedral, ubicada a escasos metros, tañían cada hora; las gaviotas graznaban hambrientas y picoteaban los restos desechados por los restaurantes; los camiones de la limpieza regaban la calle de madrugada; y la voz de una locutora de bingo resonaba hierática tras la pared del dormitorio. Pero el sonido más irritante de todos era, con diferencia, el barritar de los elefantes en la cocina. Entonces, lo comprendí todo de golpe: el motivo del irrisorio precio del alquiler y el porqué de la precipitada marcha del anterior inquilino. Esa primera noche no logré pegar ojo, ni tampoco las siguientes.

Al cabo de una semana, telefoneé al casero para exigirle una solución. Le dije que si se negaba a insonorizar el apartamento, yo me vería obligado a romper el contrato. Cuando estaba esperando a escuchar su respuesta, irrumpió la sirena de un coche patrulla que aparcó frente al soportal. Apenas un minuto después, alguien llamó a mi puerta con fastidiosa insistencia. Colgué el teléfono y me deslicé hacia el recibidor. Cuando abrí la puerta, me quedé petrificado. Dos policías que me doblaban la estatura me escrutaban con cara de pocos amigos.

—¿Es usted Xoel Ferreira Domonte? —espetó uno de los dos agentes uniformados.

Apenas tuve tiempo de reaccionar. Sin mediar palabra, los policías me esposaron y me sacaron del apartamento a empellones. Tras obligarme a descender las escaleras, me hicieron detenerme frente al buzón, para que confirmara mi identidad. Observé con pesar la desgastada placa identificativa, en la que aparecía el nombre del anterior inquilino. Me había convertido, sin sospecharlo, en el sosias del narcotraficante gallego más buscado de la última década.


6 de febrero de 2025

Hechos reales. El día de la Achicoria. (Relato breve).

 


Fran Kapilla. 

Hace unos años, quedé con un amigo para tomar un "café" por la mañana. Lo de tomar un café se ha convertido en un ritual en esta sociedad. La gente vive por y para el café, tienen ansiedad de café, se inyectarían el café en vena. Creo que esta sociedad debería poner como segundo dios a Juan Valdés, ese que salía en los anuncios de TV que iba con la burra cargada de café por los montes de Colombia. El caso es que yo no tomo café porque no suele gustarme el sabor (a veces sí), así que cuando quedo con alguien para “tomar café”, casi les da un “patatús” cuando les digo que no me gusta mucho.

Bueno, como os contaba, fuimos a un bar clásico; bar de barrio, con sus sonidos de platos, vasos, televisión con el programa matutino de cotilleo y la máquina de café silbando. Me acerqué tímidamente al barista y le pregunté que si tenían achicoria (que es alguna de las bebidas que tomo para desayunar, como té o soja, etc).

El barman, sorprendido de pedirle achicoria, me dijo: "¿Puedes repetírmelo por favor?". Entonces volví a preguntar por la achicoria, con dudas. “¿Has dicho a-chi-co-ri-a?”, preguntó el hombre, ojiplático. Finalmente concluyó con una palmetada en la barra: "¿Pero tú te has pensado que esto es un bar de postguerra?"

Me senté sin saber qué hacer ni qué pedir, mientras mi amigo ya disfrutaba de su puñetero café. Al cabo de cinco minutos, regresó el barman con un tarro de achicoria, que quizá había comprado en el supermercado de enfrente. Ante mi cara de estupor dijo: "Aquí tienes la achicoria que eres el único que la quiere, tengo que amortizarla contigo".


5 de febrero de 2025

Historias en ascensores. Microrrelatos.

 


José Ruiz Anagaru. Web: anagaru.es


Prisionera del mundo. 

     Mi reflejo en el escaparate dejaba ver algunas canas entre mi melena rubia. Los rasgos de belleza de la joven que fui comenzaban a desvanecerse. La gente bullía a mis espaldas. Cotorreaban, criticaban, insultaban, gritaban. Eché a andar con la cabeza gacha, como siempre. Con los hombros encogidos y la espalda encorvada. Autoprivada de toda libertad. Prisionera del mundo. Cerré la puerta del portal y respiré profundamente. Me miré en el espejo del ascensor y comencé a mover mis brazos emulando unos pasos de valet que aprendí de niña, danzando en total libertad de movimiento.


Ascensor. 

     Subía y subía y no se paraba. Me miraba en el espejo y no me veía. Mis manos temblaban y mis piernas languidecían. El sudor salía de mi cuerpo como el agua al estrujar una esponja. ¡Estrujado! Eso, así me sentía. Cuanto más subía, más claro me quedaba que aquel sería el día de mi muerte. Sólo, encerrado y, sin poder poner los pies en tierra firme. En fin, yo me lo había buscado, porque… así había sido mi vida. Una pequeña cárcel en la que subía y bajaba sin rumbo, y en la que nunca llegué a conocerme.

4 de febrero de 2025

Bravis de Travis. Relato breve.

 



Un relato de Paco Bravo.

Instagram: @the.time.of.the.seasons

 

De tantas carreras extrañas que he dado en estos quince años, podría recordar la del transexual de ayer, pero sin duda; como con los amores: los primeros golpean dos veces.

—¿Se están besando? ¿Qué hacen?— me dijo la clienta rusa mientras se agachaba impávida.

—Ahí no hay nadie señora— le contesté bruscamente.

—Mira bien! Es en ese Ford blanco!— gritaba mientras miraba de reojo, agachándose en el asiento de atrás.

La rusa buscaba desde un ángulo imposible ver una escena inexistente: la flagrante española cañón arrebatándole su marido. Después de cinco minutos agachada y comportándose como loca, atendió a razones. Fue, sin dudas, la primera vez que sentí la gratificación de hacerle entender a un pasajero que su ficción estaba superando la realidad. Yo era Travis en aquella escena donde Scorsese, en su esplendoroso cameo, despóticamente impone al taxista que estacione su taxi, sin parar el contador, para que sea testigo de cómo su mujer se folla a un negro. Era la primera escena extraña sobre un trayecto en taxi; y la de la rusa también, pero real.

La transexual de ayer apareció de la nada; en mitad de la madrugada en una carretera lejos del poblado. Tampoco quise saber. Ella, o él, también de la nada; me relató un batiburrillo de frustraciones yuxtapuestas donde no llegaba a diferenciar si el sujeto era su novio, cliente o amante. Al final deduje que su novio se ponía celoso porque creía que se encariñaba de sus clientes. Tuve que contextualizar su relato desordenado (típico de los trans, supongo que como sus hormonas) y adaptarlo a la triste realidad de este tipo de personas: prostitución, drogas y relaciones errantes. Me pagó con un billete arrugado y hecho una pelotilla. Me lo tiró y me dijo que me quedara con el cambio.

No sé si yo busco historias o si las historias me buscan a mí. Cuando era preadolescente mi madre me premiaba las buenas notas con regalos, y yo siempre pedía el mismo: una película. Aquella portada con De Niro, caminando sólo y solitario, tan sólo como su nombre, sin coprota que le acompañe. Y aquellos tres nombres: Scorsese, Herrmann y Schroader. Simple y solitario, pero resplandeciente como ningún otro filme. Resplandeciente (disculpen si soy soberbio) como ese niño en una tienda de adultos. La soledad me había acompañado en aquel lugar, en la escuela; y, como no, viendo películas en mi habitación.

Uno jamás se olvida de las primeras extrañas carreras, como tampoco se olvida de las primeras grandes películas. Y para salir de situaciones extrañas, donde la idea de cobrar se vuelve secundaria, uno debe buscar certeras excusas. Aquel día a la rusa pude sacarle los cuartos para un mes, haciendo de detective privado; pero preferí soltarle la excusa de que tenía que recoger un servicio en el aeropuerto.

En estos quince años me he cerciorado que en este trabajo los días se suceden como un eslabón de una cadena, hasta que surge el cambio. Y el cambio se dio ayer. No con el transexual sino con Jennifer. Jennifer, una chica radiante y con los ojos de Cybril Shepperd; demasiado bella para ser tocada, demasiado joven para alquilar su cuerpo. Demasiado joven, como Jodie Foster en el 76.

Jenni, cambiaba los domingos de trayecto, pues era el único día que descansaba. Jenni, es de las pocas prostitutas de ese burdel que tiene menos de veinte años. Ella es una modelo de revista, la  Pfeiffer del barrio.  Ningún vecino sería capaz de adivinar su oficio. Mantiene su radiante aspecto de niña y no anda aún repleta de cirugías para esconder un rostro consumido. Jenni es prostituta pero, sin ser, por ahora, una triste puta.

                Volvió con cinco bolsas repletas de ropa. No podían ser prenda más estrafalaria, hortera y colorida. En términos cinematográficos, una mezcla de Douglas Sirk y John Waters. De regreso a su casa ella me comentó que su nombre real era Iris y que no lo compartiera con nadie.

—Iris, puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—Qué es lo más extraño que te ha pasado trabajando?

—Un hombre me alquiló durante cuatro horas y solo tenía que pasear con él por delante de la tienda de su mujer, con el fin de encelarla.

—Entonces no tuviste que trabajar— me tomé la licencia de tirarla con ironía.

—Eso mismo pensé yo, hasta que resultó ser tan pesado que acabé dejándolo. Pude haberle sacado todo lo que hubiera querido, pero me agotó escucharlo; y, sobretodo, que no entendiera que su mujer ya no lo quería.

—Imagino que el tipo no aceptaba que no lo quería.

—Tal cual. Tampoco entendía que hay cosas que no se compran con dinero. ¿Y tú? ¿Cuál es tu trayecto más extraño?

Le conté lo de la rusa, añadiéndole un final tan ficticio como real: aquel marido sí que acabó dejándola por la flagrante morena española. Y fue en ese momento donde se reencontró con esa mugrienta y pálida niña que vive en una colmenera soviética y sueña con vestir colores vivos, llevando obsequios brillantes, que parezcan caros. Se reencontró con esa niña que sueña con ojos negros, pues en Rusia son como aquí los ojos verdes. Verdes como los de Iris.

Hoy, lunes por la mañana, estaba ya amaneciendo. Poco antes de acabar el turno y haciendo diagnóstico de una jornada extraña; un imprudente abrió la puerta y se sentó en el habitáculo trasero. Era macarra y grotesco, como tantas almas sórdidas que pasan por este taxi.

—Tú llevaste a la puta de ayer. Esa puta no para de hacerme la vida imposible.

—¿De qué cojones me hablas?

—No te hagas el tonto. Fuiste tú quien la recogió en mitad de la carretera. Lleva robándome todo el año y  engañándome con cualquiera que se le presente.

El hedor que dejaba hablaba por él: días sin dormir, tabaco por minuto y ropa sin cambiar. Varonil, delgadez con tripa de borrachera y chepa de acomplejado. Perfil clásico de clientes, novios o, quizás ambos, de las trans.

—¿Tú también le has pagado a Yunara? ¡Dime que también le has pagado, maricón de mierda!

Iris se montó en el taxi de al lado. No lució esas prendas que compró ayer. Iba con un chándal oscuro, que era su indumentaria de lunes a sábado, la mustia prenda con la que entraba en aquel abyecto club que la obligaba a despelotarse y ensuciarla con bikinis y tangas reflectantes. Pero como dijo Travis: la suciedad no podía tocarla. Su nombre falso y el chándal oscuro no podían aún con el flamante domingo; o al menos eso era lo que quería pensar.

Y como la realidad del taxi supera muchas veces la ficción, tuve que asumir que ese pobre diablo seguía aún sentado en mi taxi, y, para colmo soportando sus celos paranoicos.

                Entonces, le tiré la pelota y la bolsita. Le devolví lo que su amigo o amiga me había dejado: un billete tan sucio y arrugado como su aspecto y, una bolsa que esconde algún alcaloide esnifado que te deja la noche sin dormir y demonios persecutorios.

—¡Saque su sucio culo del coche o le juro que le pego un tiro!— le mostré la Magnum 44 y entonces entendió rápidamente que si no se iba, sus orificios preferidos dejarían de operar para todo lo contrario por lo que la naturaleza los había creado; pues la nariz siempre fue para respirar y el culo para expulsar.

Algún día caerá una gran lluvia que limpie toda esta mierda, pensé. En estos quince años he limpiado comida, colillas, sudor, sangre, semen y bolsitas que contenían cualquier droga ilegal, como la que se le cayó a ese transexual con nombre de perra.

Las primeras carreras extrañas nunca se olvidan, como tampoco el primer nombre real de una prostituta. Cuando era niño buscaba historias en un videoclub o en esa tienda de adultos. Pero ese pasillo interminable de estantes ahora la cruzaba dando unos pocos pasos. El videoclub era ahora una homologada, socialmente hablando, peluquería Unisex; un espacio desconocido, carente de atractivo; más para un taxista que usa su maquinilla en el baño y, en ocasiones, habla consigo mismo delante del espejo.

Scorsese, Schroader y Herrmann con su música hitchckocniana fueron los mejores amigos de aquel niño solitario. Esos planos subjetivos de la mirada por los retrovisores de un taxista neoyorkino, el ojo de un espectador de historias que duran lo que dura su trayecto, que cobra por un taxímetro municipal; y que devuelve ese miserable billete que insulta su dignidad.

Ese niño que soy yo mismo, buscó; y, tan espontánea como la mano de un viajero que busca su taxi, encontró aquella historia de historias. En un taxímetro que opera como el cronómetro de una prostituta, sea del género que sea. O en ese nombre efímero que se esfuma como el cliente que baja al pagar el importe, sea en el habitáculo del taxi o en la habitación de un burdel.

Ese Bravis es algo más viejo que Travis, y aún no sabe si las historias lo buscan a él o él busca las historias. La realidad supera, por desgracia, la ficción; y, esa chica que empieza a prostituirse no puede ser salvada tan fácilmente por un antihéroe como Travis Binckle. Mientras tanto ella coloreará sus domingos de prendas nuevas y el taxista la observará escuchando la banda sonora de Taxi Driver.

Y si crees que el narrador es el taxista, te responderé fácil:

            —Sí, Are you talking with me.

 


16 de julio de 2020

Tenemos la casa tan llena de invitados.

Un relato de Alejandro Granja.

     Tenemos la casa tan llena de invitados que varios miembros de mi personal han accedido a dormir en los tejados y los jardines. Intento gestionar con lógica la entrada y salida de grupos de recolección, pero es como si la gente brotara del suelo. No hay intimidad. He tenido que ceder hasta mi propio despacho, y ahora me refugio en un desván del ala este con otras diez personas. Todo está lleno de sangre y flemas y otros fluidos privados. Por cada fragmento de carne muerta que recogemos del suelo se desprenden cien brazos, o sesenta pulmones, o noventa cabezas. Mi equipo al completo está operativo (tanto en casa como fuera, buscando posibles huéspedes), pero no hay máscaras antigás ni trajes protectores suficientes y no dejo de recibir quejas por ello. 

     Estos últimos días me recuerdan a los de la peste bubónica. Entonces yo trabajaba como meritorio (acababa de morir hacía apenas tres años), y tuve que acomodar a más de seis mil personas en los primeros dos meses. Quienes vivimos aquello pensamos que había llegado el fin del mundo. Después de hoy, parece claro que no volveremos a recibir invitados nunca más.

24 de mayo de 2020

Buenas tardes, una barra de Viena por favor.


Un relato de Elena Morisca.
Puedes visitar su web y su canal de Youtube
       

      


      La historia que están a punto de leer es real.

     Corrían los años noventa, mientras mi hermana mayor se encerraba en su cuarto con Nirvana a todo trapo, mi padre se dejaba las horas pasando a limpio sus planos. Recuerdo el olor de sus rotuladores, la navaja que usaba para borrar los errores del interminable papel cebolla enrollado sobre su gigantesca mesa de dibujo. Recuerdo la alfombra del salón y el pintauñas de mamá.

     Contaba yo con la edad de 7 años, esa etapa en la que tu única preocupación deambula presurosa entre a qué jugarás esa tarde y qué habrá de merienda.

     Vivíamos por aquel entonces en un piso, una promoción de bloques que en mi ciudad se hacían llamar "los módulos". Imaginad un panal de abejas, módulos hexagonales que se iban encajando unos con otros para formar viviendas de dos plantas, muy curioso. Mi padre me contó un día que los trajeron en un barco y los fueron montando unos sobre otros. Había de dos tipos: abajo salón y cocina, arriba dormitorios o al revés. El nuestro tenía los dormitorios y baño arriba. Todas las paredes de mi casa están hexagonales, todas. Fue ya de mayor cuando entendí por qué mi sofá tenía una rampa en la espalda, no se mantenía en pie si lo separabas de la pared, estaba como todos nuestros muebles, hecho a medida.

     Todo en mi casa desprendía un halo de magia especial, por ejemplo: el gran mueble del salón tenía una puerta en un lateral que mis padres utilizaban de trastero; en la el armario de mi hermana había una puertecita en el fondo que conducía a un angosto túnel donde podías almacenar cosas. Imaginaos pasar tu infancia en una casa así, era el regalo de reyes perfecto para mi mente de hiperactiva.

     El edificio contaba con dos ascensores, uno delantero y otro trasero. Siempre que acompañaba a mis padres de vuelta de algún sitio nos subíamos de forma automática en el trasero, a pesar de estar más escondido que el otro. Te subías al ascensor, le dabas al 2 y te ponía delante de tu casa, sencillo.

     Volvíamos del cole y mi vecina Olga, la niña callada del piso de arriba y su madre, entraron al portal. Se fueron directamente al ascensor delantero. Nunca compartíamos viaje. No entendí por qué esos roles estaban establecidos. Todo el mundo sabía a dónde tenía que ir.

     Una tarde mi madre me dio una moneda y me pidió que bajara a comprar el pan. La panadería estaba justo al lado de la puerta del bloque, no tenía más historia. Yo cogí la moneda de veinte duros y salí pensando "buenas tardes, una barra de Viena por favor" "buenas tardes, una barra de Viena por favor" mi madre me pidió que no usase el ascensor, como era un segundo, era mejor usar las escaleras. Eso hice. Fui saltarina hasta el portal y salí. Entré a la tienda y recité mi frase: "Buenas tardes, una barra de Viena. Por favor". Volví triunfal con mi dorado trofeo como si me hubieran dado un Óscar a mejor actriz revelación. Las relaciones sociales no eran lo mío por eso para mí decir aquello sin trabarme/despistarme/equivocarme, había sido un verdadero triunfo. Me sentí aventurera.

     Al entrar de nuevo al bloque me cautivó el misterio de aquel ascensor al que nunca me subía... ¿cómo será por dentro? ¿y meterse en él? Maldito canto de sirena. Yo estaba sola en el portal y el ascensor estaba libre, con su luz encendida, sonriente y esperándome. Me colé dentro. La puerta se cerró. Empecé a buscar el número 2 y no estaba. Sólo estaban el 0 1 3 5 7 9.

     Escalofrío. No entendía nada. Quise salir y se oyó un “clac”. La puerta se bloqueó. El ascensor empezó a subir. Podía ver los números dibujados en la parte exterior y el color “ala de mosca”. Cables y grasa entre plantas.

     1...3...5.

     El corazón me latía a fuego. De pronto el cacharro se paró.

     Sacudida. Silencio. Nadie.

     Me sentí como si me hubiera colado en una feria abandonada. Oí voces y volvió a ponerse en marcha. Se paró en el 5. Salí a una planta donde no había estado en mi vida. Esos felpudos. Ese olor a comida ajena, esa palmera de plástico. Era todo tan irreal... ¿Mi familia existía? ¿les podría volver a ver? ¿me he muerto? ¿estoy despierta? ¿dónde está el pan? Rápidamente me metí de nuevo en el ascensor. Quería morirme allí mismo. Me acordaba de mi madre, de los rotuladores, me acordaba del bueno de Kurt Cobain desgañitándose en la habitación de mi hermana.

       Olga.

     Me acordé también de Olga. La casa de Olga sí existía en ese mundo. El número 3 estaba en el teclado. Ella subía a ese ascensor, lo tenía domesticado. No lo pensé más, le di al 3, no tenía nada que perder. El ascensor bajó y se paró. Salí y vi la puerta caoba de Olga. Llamé al timbre llorando, temblando. Abrió su madre, me cogió la mano. No sé cómo bajamos 5 escalones. De la nada apareció la puerta de mi casa. ¿Qué había pasado? ¿dónde estaba mi casa antes? ¿mi familia no existía en ese mundo? pero ¿ahora sí? ¿cómo había vuelto allí?

     Tengo 32 años y mis pesadillas siguen repletas de ascensores.




18 de mayo de 2020

Tangos desalientados.

Un relato de José Ruiz Anagaru.
Instagram: @agaruartist    Web: www.anagaru.es



Recuerdo la primera vez que morí. Las nubes se mezclaban con la tierra y el viento doblaba los almendros dejándolos sin flores. Las perdices gritaban en el fondo del estanque y las carpas cantaban tangos desalientados. El fango hacía muy pesado mi caminar por el sendero de la desazón. Recorrí gran parte del camino acarreando el saco de los muertos, queriendo coger el sol y encerrando la luna entre mis miedos. Abrí el paraguas bajo las caricias, los abrazos y los besos. Pisoteé las miradas, las sonrisas y los sentimientos. Subí hasta el fondo de la torre de chocolate, levanté una muralla de sábanas de esparto y me abastecí del manantial de cebada hasta ahogarme en mi lamento.

Me perdí en una calle del centro. La recorrí de arriba a abajo y de abajo a arriba. Caminé por el techo y fui empujando todas las puertas de los soportales, hasta que al final una se abrió. Entré a un vasto bosque iluminado por gatos que brillaban en la oscuridad. El suelo era de mármol blanco pulido y los frutos de los árboles eran cráneos de todas las especies animales, incluida la humana. Por los ríos fluía la sangre hasta llegar a un estanque octogonal, donde se ahogaban los flamencos negros. El lamento de las flores de metal me susurraba en los oídos, acompañado de un vendaval de polvo del infierno. Descendí por un sendero de espinos desechando las zarzamoras y encalleciendo mi alma. Caí por el precipicio del desapego y me golpee la cabeza con una gran piedra solitaria.

Desperté en una habitación oscura, cubierto de mugre y de restos de comida putrefacta. La ropa sucia se amontonaba encima de los muebles, incluso de los vasos con culitos de café y cerveza. Me estaba meando y cagando, así que fui al baño a toda prisa. Mientras defecaba, los rayos de sol se filtraban por el cristal de la ventana. Esa sensación de calor en mi cuerpo me hizo sentir muy reconfortante, y sentí vida en mi carne, en mi corazón. Sentí lucidez en mi cerebro y energía por todo mi cuerpo. Salí fuera de la casa y corrí entre los almendros en flor, sintiendo la brisa del viento en mi pecho y el cantar de las perdices en mi estómago. Bajé a la ciudad y me enredé en los hilos de la gente, rompí la coraza y limé todos los callos de mi alma, sintiendo la fuerza de todas las cosas, sintiendo como la vida volvía a fluir en todo mi ser.



12 de mayo de 2020

Sin parada en Estocolmo.

Un relato de Alejandro Quero.


Abro los ojos con gran dificultad, noto la sequedad en los globos oculares, pero aún puedo ver algo, seguro que de forma distorsionada, pues la mayoría de mi campo visual está borroso y la luz ha perdido la amable función de impactar en la realidad para devolverme su reflejo, ahora es una kilométrica aguja que perfora mi sentido visual mientras tenga los ojos abiertos.
“¿He muerto ya?” se pregunta la poca cordura que se resiste a morir en mi interior, lo hace de forma repetitiva, como un niño preguntando en el asiento de atrás si queda mucho para llegar. No sé si han pasado cuatro días o dos semanas desde mi secuestro, pero el azaroso hecho de que mi secuestrador muriese de un infarto al poco de amordazarme y atarme a la fría viga que ahora es mi lecho, sin duda ha hecho que mi cordura haya ido menguando. Puto gordo cabrón, no sé quién es, pero cayó a dos metros de mí con una mueca de dolor que se ha ido relajando con el tiempo y ahora tiene una sonrisa en la cara. Si no estuviese amordazado y deshidratado le escupiría, lástima que no haya desnivel en el suelo para que se le hubiese empapado la cara con mi meado.
Hablando de meado, ahí viene otra vez esa dolorosa sensación en la vejiga.
—¡Hhhmmmmmmfff! Hhf, hh f—Cada gota duele tanto que lloraría, la respiración se hace imposible y el entumecimiento y la constante cefalea no ayudan en nada. Por no hablar de…
—¿Quieres un vaso de agua? Jajajajahcof, cof —me pregunta el blando cadáver que me mira y tiembla por la tos.
—“No tiene gracia, haz el favor de dejarme tranquilo” —Pienso con hartazgo.
—Perdóname chico —se lamenta con aparente sinceridad— no era mi intención morirme dejándote en esta situación, pero no conté a nadie mi plan de secuestrarte, así que nadie sabe que estás aquí.
—“No tiene importancia” —Pienso con desaire.
La luz parpadea al saltar el termostato de alguna de las neveras que hay en el sótano y el parpadeo se sincroniza con la vuelta a la normalidad de su cara, y con un leve “click” que oigo dentro de mis oídos. No aguanto más, necesito comer algo.
Saco las manos de las ataduras y me quito la mordaza.
—¡Ya está bien hombre! —me sacudo el pecho y los pantalones. Saco de mi bolsillo mis gafas de sol y me las pongo mientras avanzo decidido hacia la puerta— ahí te quedas.
Cuando salgo por la puerta estoy en la calle principal y los aromas que los extractores de las cocinas sacan a la calle van creando sabrosas melodías que me empujan de un lado a otro generando un deseo, un deseo que se va dibujando ante mis ojos y que cada vez veo más claro, todos esos colores, todas esas texturas… ese frescor.
—Me apetece una ensalada —emito.
—Enseguida —recibo.
El lugar se ve agradable, toda la pared está cubierta de pantallas donde se van sucediendo mosaicos en blanco y negro, de distintos diseños. Debe de haber como 14 personas trabajando pero sólo hay una clienta, al fondo del salón, y yo.
—Su ensalada —me dice uno de los camareros mientras pone un plato delante de mí, ahora que me fijo, parece que hay centenares de camareros.
—Gracias, a todos —le digo tímida pero sinceramente mientras cojo el tenedor y selecciono con él algunos ingredientes para llevármelos a la boca, pero lo hago todo sin apartar la mirada de la chica del fondo, que se levanta y se dirige hacia mí con su mirada fija en la mía. Es una chica asiática, rubia, altísima y vestida con prendas que parecen de plástico transparente que permiten ver su cuerpo sin necesidad de imaginar nada. Introduzco en mi boca el tenedor lleno de lechuga, maíz, salsa, atún y pollo, y lo saco vacío, pero no noto sabor a nada, ni ninguna textura. Mi boca está vacía y la chica ya frente a mí, apoya sus manos en mi mesa inclinándose hacia adelante, tiene un gesto de enfado en su rostro y sus labios se separan varios milímetros…
—Muérete.
Me sobresalto y todo se vuelve negro, no huelo nada, ni oigo nada.
—“¿He muerto ya?”
No siento dolor ni tengo el cuerpo engarrotado, ni la ropa húmeda.
—¿Has muerto ya?
—“No lo sé. ¿He muerto ya?”
—Yo diría que sí…
—“No me lo puedo creer. ¡Al fin!”
—¿Estás contento?
—“Sí, mucho… Pero ¿Ahora qué?”
—Ahora nada.
—“…”
—…

Kiosco Querillo
Books & Candies

Avd Luis Buñuel. Frente al estadio La Rosaleda. Málaga.

22 de octubre de 2019

El rubor del agua

Un relato de José Ruiz Anagaru.
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         Mis pies estaban empapados. Llevaba toda la noche caminando entre zarzales, adelfas y tréboles blancos. El agua de la rociada goteaba por las hojas de las plantas, y el rugir del río no me dejaba escuchar ningún otro sonido. Había estado caminando río abajo todo el día y toda la noche. Tenía frío, hambre y sueño. El sol asomó por encima de la montaña. Sentí su calor dando en mi cara, y la vida volviendo a mi cuerpo. A unos metros de mí, había una pequeña recacha, con huellas de algún animal, que parecía haber estado bailando en círculos debajo de aquella encina. Me senté en la recacha y me acurruqué. El sol calentaba mi piel, cerré los ojos y el sueño comenzó a venir a mí.
—¡Eh, muchacha!
                Abrí los ojos y miré hacia donde venía aquella voz. Un hombre regordete, con chaquetón verde y gorra de camuflaje se inclinaba sobre un saliente que había por encima de mí. Tenía una poblada barba blanca y sujetaba una escopeta en sus manos.
                —¿Te encuentras bien muchacha? ¿Por qué estás desnuda? Te vas a morir de frío.
                Yo me quedé acurrucada y sin decir nada. Mirándole. El contraste del calor del sol, y del frío que tenía metido en mi cuerpo, me hizo temblar incontrolablemente. El hombre bajó el pequeño terraplén y soltó su escopeta en el suelo. Se quitó el chaquetón verde.
                —Toma chiquilla, ponte esto.
                Me ayudó a ponerme el chaquetón. Noté su calor al meter mis brazos en él. En la espalda y en mis pechos. Se quitó la bufanda y me la lio al cuello. Luego me subió la cremallera y se colgó la escopeta a la espalda.
                —Te llevaré a mi casa a ver si podemos llamar a tu familia ¿vale?
                Yo me quedé mirándole y no contesté.
                —No puedes seguir andando descalza.
                Me miré los pies. Los tenía congelados y no me había dado ni cuenta de la cantidad de heridas, moretones y sangre seca que tenían.
                De pronto me vi sorprendida, volando al aire entre los brazos de aquel hombre. Me cogió en brazos y me acurruqué contra su pecho. Caminó un rato muy largo conmigo en brazos hasta que llegamos a una cabaña de madera en mitad del bosque. Subió tres escalones de madera y entró en el porche, con el suelo también de madera. Me soltó en el suelo y comenzó a rebuscarse en los bolsillos de los pantalones. Finalmente sacó las llaves y abrió la puerta.
                —Pasa chiquilla. —Me dijo mientras me hacía un gesto con la mano invitándome a entrar.
Una vez dentro de la casa, él fue apresuradamente hasta un teléfono que había anclado en la pared y lo descolgó ofreciéndomelo.
                —Toma chiquilla. Llama a alguien para que venga a recogerte.
                Yo seguí callada. Era raro. Yo entendía a aquél hombre a la perfección, y quería contestarle, pero las palabras no salían de mi boca.
                —Está bien. Llamaré a la policía.
                El hombre se puso el teléfono en la cara, y giró varias veces la ruleta hasta que marcó todos los números. A los pocos segundos lo colgó desilusionado.
                —No hay línea… Chica, estás tiritando. Te prepararé un baño caliente y mientras encenderé la chimenea. Por cierto, me llamo Juan.
                Juan subió por unas estrechas escaleras de madera. Yo me quedé sentada en el sofá. Delante de mí había una horrenda cabeza de jabalí disecada. Y a mi derecha una vitrina llena de medallas y trofeos de caza.
                El dedo gordo del pie derecho comenzó a darme unas fuertes punzadas de dolor. Estaba hinchado y ensangrentado. Cogí el pie y me lo llevé hasta la boca. Comencé a lamer compulsivamente el dedo gordo. Quitando poco a poco la sangre y la suciedad, hasta que lo dejé más o menos limpio. Un pequeño pincho parecía salir de la falange del dedo, que era donde tenía ese dolor que cada vez era más fuerte. Hurgué con mis dientes en el dedo, incluso arranqué un pequeño trozo de carne, hasta que finalmente extraje una extraña púa que tenía dentro. Sentí un inmenso alivio de inmediato. Solté la pierna y puse el pie en el suelo. En ese momento oí como Juan bajaba por las escaleras.
                —Chica, ven.
                Fui hasta donde estaba Juan y subimos por las escaleras. Entramos en el baño. El agua estaba cayendo en la bañera.
                —Ahí te he puesto unas toallas. Y ropa. Lo siento, pero no tengo nada de mujer.
                Juan se quedó esperando mi respuesta. Pero yo permanecí callada.
                —Bueno, voy a encender la chimenea y a preparar algo de comer. Seguro que estás muerta de hambre.
                Juan salió del baño y cerró la puerta. Me puse frente al espejo. Mi pelo era rubio platino. Casi blanco diría yo. Me quité la bufanda y el chaquetón verde. Debajo de toda la suciedad que llevaba encima, mi piel era blanca. Debido a los dos días que llevaba sin dormir, tenía unas horribles ojeras. Mi cuerpo no dejaba de temblar. Me metí en la bañera y noté un fuerte escozor en la espalda al tocar el agua. Me palpé con la mano y noté una herida. Al mirarme la mano estaba llena de sangre reseca. Tenía frío. Cerré el grifo del agua fría y abrí al máximo el del agua caliente. El grifo echaba una mezcla de agua y de vapor. Aun así, no paraba de tiritar. Cogí aire, me sumergí en el agua hirviendo y… el agua entró por la nariz hasta llegar a mis pulmones. Abrí los ojos sorprendida. A penas si noté el contacto del agua con mis globos oculares. Comencé a respirar debajo del agua. Permanecí unos minutos allí abajo. En ese extraño silencio que se produce cuando te sumerges en el agua. Esta entraba y salía de mis pulmones. ¿Estaba respirando agua?
                Finalmente saqué la cabeza del agua. La bañera estaba casi rebozando, y cerré el grifo rápidamente. Lavé mi cabello y froté mi cuerpo con jabón hasta que quité el último grano de barro que había en él. Me sequé con las toallas que Juan me había dejado y me quedé delante del espejo, contemplando mi esbelta figura. Mi piel era muy blanca, en las partes en las que se reflejaba la luz parecía mármol. Me percaté de que no tenía vello púbico, y de que mis pezones eran de un rosa apagado y tirando a lila. Como las ojeras que coronaban mis ojos.
                No me puse ninguna ropa. Salí del baño y bajé desnuda y en silencio las escaleras. Juan estaba sentado en la mesa. Había un par de cuencos y una cacerola humeante. Estaba bebiéndose un vaso de vino, y rascando su barba blanca. Se había quitado la gorra. Su cabeza era calva casi por completo. Y las partes en las que aún tenía pelo, estaban afeitadas. Miró al frente y se sorprendió al verme. Intentó decirme algo, pero no le salieron las palabras. Yo avanzaba andando sensualmente y mirándole a os ojos. En la mesa, había un bollo de pan y un cuchillo. Al llegar a la altura de la mesa, posé mi dedo índice y lo arrastré lentamente acariciando la mesa. Cogí el cuchillo y me acerqué aún más a Juan, sin dejar de mirarle a los ojos. Con la otra mano le acaricié la cara, y me acerqué hasta que pude oler su cerebro. Alcé el cuchillo y se lo clavé en la coronilla, hasta el fondo. Luego lo giré un par de veces y lo saqué. Un chorro de sangre brotó de su cabeza regando todo el suelo. Juan, temblaba compulsivamente mientras yo succionaba su cerebro.
                Juan estaba sentado en la silla. Parecía dormido. Salí por la puerta, dejé atrás la casa y me perdí en el bosque buscando el rubor del agua del río.

30 de septiembre de 2019

Podredumbre

Un relato de Sergio Sánchez
Sergio Sánchez es cortometrajista, escritor y actor. Facebook / Youtube

Apareció sin más y comenzó a extenderse por mi mano, luego por el brazo... hasta perder por completo la sensibilidad. ¿Y si alcanza un órgano vital? Los médicos dicen que me encuentro perfectamente, que todo es producto de la ansiedad. Recomiendan que deje de prestarle atención y así quizá desaparezca. ¿Debo hacerles caso? Mientras tanto sigue avanzando y empieza a oler bastante mal. ¿Alguien del foro tiene el mismo problema? Es urgente. Muchas gracias.
1 Respuesta
- Arcanis (Moderador): Cierro el tema. Para estas cuestiones debes abrir hilo en la sección Herramientas - Ferretería.

31 de julio de 2019

Agradecida.

Un poema de Fran Campos.
Fran Campos es actor, director y escritor. Puedes seguir su trabajo en Facebook, twitter e instagram.



Érase una vez, una bella joven de cabellos negros y tez dorada,
que vivía en un soleado y luminoso reino.
De alma pura y cándida, todos se giraban al verla en su ciudad;
Agradecida de ser tan bella decían.

La joven venía de una familia humilde. A penas tenían para vivir, y no tenían lujos.
Pero sus padres siempre le decían; “Siempre has de estar agradecida”.

Vivían en una pequeña casa, compartiendo habitación con 3 hermanos, y lo justo para sobrevivir, pero su madre le decía; “Debes estar agradecida de que tienes un techo bajo el que dormir”.

Cuando la joven iba a la escuela, los niños se metían con ella, ya que apenas tenía
para sus lápices, y vestía un uniforme viejo y desgarrado.
Cuando ella lloraba, su madre le decía;
“Debes estar agradecida, pues muchos ni siquiera tienen escuela para ser educados”.

La joven creció, su belleza llamaba la atención de hombres mayores y poderosos
que la acicalaban y le ofrecían presentes,
pero la joven se incomodaba, y la gente decía;
“Debería estar agradecida de ser agasajada”

Un día un grupo de hombres acorraló a la chica, ella sentía como manos, voces y
alientos recorrían su cuerpo, su voz se apagó, su mente se nubló, viajando a otro
lugar.
Cuando la chica apareció con ropas rasgadas y pelo revuelto, la gente del reino decía:
“Debe estar agradecida de no haber muerto”

Pasaron los días y la chica apagada no salía, hasta que una soleada mañana decidió
levantarse temprano.
La chica caminó hacia la muralla del reino hasta llegar a la parte alta
donde vislumbraba toda la ciudad, sus plazas, y el mar que la rodeaba,
la chica al ver esto solo pensaba:
“Debo estar agradecida de este sol”
“Debo estar agradecida de este mar”
“Debo de estar agradecida… de que pronto todo acabará”
Y sin más, la chica saltó.

Al encontrar su cuerpo sin vida, la gente sorprendida pensó:
“Debería estar agradecida de que al manos rápido pasó”.
“Debería estar agradecida de irse sin dolor”.
Y la gente del reino poco a poco se olvidó, ya que tenían mar y sol,
que mitigaban su razón.
¿Acaso se me olvidó de al nombre del reino hacer mención?
El reino sol es ESPAÑA,
y por desgracia, esto no es solo ficción.